Trump acusa de "cobardes" a la OTAN por no abrir el estrecho de Ormuz
El presidente estadounidense recrimina a sus aliados por rehusar una operación que, dice, sería "fácil" y de bajo riesgo

Redacción · Más España


El presidente de Estados Unidos ha convertido la indignación en mensaje público y la red social en plaza de armas. Donald Trump ha calificado de "cobardes" a los miembros de la OTAN por negarse, a su juicio, a cooperar para desbloquear el estrecho de Ormuz, escenario de una peligrosa escalada tras los ataques iraníes a buques comerciales.
No hay ornamento retórico gratuito: en su publicación en Truth Social el mandatario afirma que para los aliados "sería tan fácil" garantizar el paso seguro de los barcos y que, sin la intervención estadounidense, la alianza se convertiría en "un tigre de papel". Esa acusación pública no es una mera invectiva política; es un reproche que pone sobre la mesa la tensión entre responsabilidad compartida y prudencia diplomática.
Los hechos que motivan la arremetida son claros y graves. Irán ha atacado embarcaciones en el estrecho y ha amenazado con impedir el tránsito marítimo tras los bombardeos de Estados Unidos e Israel. Washington responde con acciones militares y evalúa operaciones para proteger una vía por la que circula alrededor del 20% del petróleo mundial, mientras miles de marineros quedan varados por las amenazas.
Frente a la propuesta explícita de Trump, las capitales europeas han mostrado una postura más cauta. Alemania, Reino Unido, Francia, Italia, Países Bajos, Japón y Canadá hicieron público un comunicado ofreciendo contribuir con "esfuerzos apropiados" para garantizar el paso seguro, pero sin respaldar automáticamente una operación militar. Varios líderes europeos han condicionado cualquier implicación a una desescalada o al cese de combates y han recordado la necesidad de un mandato internacional o europeo que legitime acciones directas.
Ese contraste —entre la vocación declarada de ayudar y la reticencia a entrar en operaciones militares mientras dure el conflicto— explica el gesto de Trump y revela la complejidad de la decisión: proteger una arteria estratégica frente a un riesgo de extensión del conflicto y a la falta de consenso multilateral.
La gravedad es tangible para Europa: aunque no lidere la escalada, su alta dependencia de importaciones de hidrocarburos la hace vulnerable a las consecuencias económicas de la guerra. EE. UU., por su parte, se presenta como actor dispuesto a actuar y describe avances militares contra la armada iraní, en términos que el propio presidente ha calificado de "extremadamente bien".
La pregunta que queda en pie, más allá de los insultos y las proclamas, es de política y de prudencia: ¿se puede garantizar la seguridad del comercio marítimo sin abrir una fase nueva y peligrosa del conflicto? La respuesta exige más que descalificaciones; demanda acuerdos sólidos, claridad de mandatos y una estrategia compartida que los hechos hasta ahora no han logrado fraguar.
Mientras tanto, la bronca pública entre Washington y sus aliados evidencia un deterioro en el diálogo estratégico que no conviene a nadie. Cuando la retórica sustituye a la construcción de consensos, el resultado es inestable y costoso: para la seguridad internacional, para la economía global y para las naciones que, con razón o sin ella, se sienten aludidas por la acusación de "cobardes".
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