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Terence Tao: el prodigio que convirtió la pasión por los números en legado

De niño precoz a profesor emérito de la UCLA: una biografía de hechos que impone respeto

Redacción Más España

Redacción · Más España

19 de abril de 2026 2 min de lectura
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Terence Tao: el prodigio que convirtió la pasión por los números en legado
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Hay biografías que parecen ficciones; la de Terence Tao es, en cambio, una sucesión de datos nítidos que resisten cualquier adorno. Nació en Australia en 1975, sus padres procedían de Hong Kong, y desde muy pequeño mostró una inclinación que no fue capricho sino hábito: los números.

A los tres o cuatro años ya pedía a su abuela que dibujara cifras con jabón en los vidrios; a los dos, según sus padres, enseñaba a otros niños a contar, sumar y deletrear. No son metáforas: son episodios que documentan una relación temprana y constante con la aritmética. De hecho, confiesa que uno de sus recuerdos es recibir libros de ejercicios por las noches y disfrutar haciendo sumas. Eso es gusto y disciplina, no solo talento.

A los siete años la evidencia era tan patente que su familia y los docentes adelantaron su formación: comenzó a concurrir a clases de secundaria para estudiar matemáticas y materias afines, mientras seguía en la primaria para lo demás. Sus padres lo transportaban diariamente entre centros educativos distintos; su vida escolar fue logística y sacrificio familiar, además de brillantez infantil.

Los hechos confirman que su trayectoria no responde a la soledad del genio solitario. A los nueve años su padre lo llevó al Instituto de Estudios Avanzados en Princeton, donde se entrevistaron con matemáticos de primer orden como Enrico Bombieri y Charles Fefferman. Más tarde, la UCLA lo define como alguien que ha transformado vastas áreas de las matemáticas; la comunidad académica lo encumbró como «el Mozart de las matemáticas». En 2006 recibió la Medalla Fields, y el jurado destacó su «habilidad suprema» y el impacto «espectacular" de su obra.

Tao no encaja en el estereotipo de quien todo lo resuelve por intuición mística. Él mismo cuenta que le gustan las reglas precisas, los juegos con normas claras; que la física le atraía porque convierte aspectos del mundo en ecuaciones solucionables; que materias como biología o química le exigían más memorización que razonamiento desde principios. Incluso reconoce dificultades en inglés durante su infancia: tomaba lo literal y a veces no entendía las intenciones de una pregunta.

Esos detalles —la silla con un cojín porque no alcanzaba el pupitre, el acompañamiento de un estudiante mayor para llevarlo a clase, la tristeza por no poder ir a un baile de fin de curso— humanizan una carrera extraordinaria. No sirven para mitificarlo: confirman que detrás de la etiqueta de “mejor matemático vivo” hay una trayectoria forjada en el trabajo cotidiano, en la familia, en encuentros con colegas y en la preferencia por resolver problemas con rigor.

Que esta narración de hechos quede clara: Terence Tao es producto de una concatenación de circunstancias —origen familiar, apoyo educativo, curiosidad precoz— y de un talento que ha sido reconocido con premios y cargos académicos. Los aplausos deben asentarse sobre esos datos, no sobre leyendas. La historia que contamos, con tono firme y sin exageraciones, es suficiente para comprender por qué su nombre ocupa un lugar central en la matemática contemporánea.

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