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Surrealismo en el Supremo: la farsa y la rotunda intervención de Luzón

Un juicio que arrancó con un espectáculo y terminó convertido en espejo de tensiones políticas

Redacción Más España

Redacción · Más España

6 de mayo de 2026 2 min de lectura
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Surrealismo en el Supremo: la farsa y la rotunda intervención de Luzón
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El relato del día en el juicio que se ha conocido como el primero contra la corrupción sanchista empieza como un vodevil y acaba como un diagnóstico público de la política española.

A primera hora irrumpió Gloria de Pascual, abogada vinculada al PSOE y a la asociación Adade, que protagonizó un breve episodio de protesta frente al letrado del PP, Alberto Durán. Fue un aperitivo televisivo: voz tabernaria, micrófono y un gesto de desacuerdo que puso de manifiesto la teatralidad que se ha colado en la sala del Supremo.

La tarde, en cambio, dejó una intervención memorable. Alejandro Luzón, fiscal jefe Anticorrupción, habló durante una hora y cuarenta minutos y desplegó una defensa de la integridad con un contraste claro frente a las presiones que, según se percibe en la sala, operan desde el poder. Con referencias culturales y un tono demoledor, trazó el mapa de "empresas públicas colonizadas" y de una "corte servil" que complace al ministro hasta que aparece, si hay suerte, una empleada íntegra como Virginia Barbancho, citada en su exposición.

Aquella voz del fiscal sonó a contraofensiva contra la descalificación y las presiones: fue la intervención que más peso público y moral acaparó, y no pasó inadvertida ni para quienes le felicitaban al salir. La sesión alternó luego defensas largas —como la de Durán— con intervenciones de distinto signo: la de Leticia de la Hoz, que describió lo sucedido con un tono cercano al verso improvisado y la incorrección divertida; la de Turiel, que se definió a sí mismo como "el primer sorprendido"; y las palabras finales de Koldo, que reclamó haber querido "ayudar" y se dijo "destruido".

El cierre tomó matices de surrealismo: acusados y ex ministros hablando como si el relato supliera a los hechos, como si el Supremo fuera escenario de gestos propios de La Moncloa. El intercambio final entre Koldo, Ébalos y Aldama —sin miradas devueltas entre ellos— remató una jornada en la que lo político y lo judicial se entrelazaron hasta confundirse.

El magistrado Arrieta cerró con la fórmula procesal: "Visto para sentencia". Pero la escena completa dejó una pregunta que trasciende el sumario: si un juicio puede ser, a la vez, tribunal y espectáculo, ¿qué queda de la dignidad institucional cuando la sala se convierte en escenario de presiones, gestos y pruebas cruzadas de integridad?

No corresponde aquí dictar sentencias políticas: solo consignar que el episodio fue revelador. Un fiscal que suena a integridad, una abogada que monta un show y defensas que alternan la emoción con la confusión. Todo ello, en plena sala del Supremo, a la vista de la nación. Eso, más que nunca, reclama vigilancia republicana y exigencia de que las instituciones sean blindaje y no atrezzo.

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