Sintonía progresista en Barcelona: un frente claro contra la ola reaccionaria
Sánchez y Lula sellan alianza y confrontan las voces que insultan a democracias aliadas

Redacción · Más España


Ha sucedido en Barcelona: dos líderes —distintos en edad, coincidentes en propósito— han decidido que la respuesta a la marea reaccionaria no será tibia ni sigilosa. Pedro Sánchez y Luiz Inácio Lula da Silva han fundado hoy una alianza política que pretende servir de dique frente al ascenso de la ultraderecha en Europa y América. No es mera cortesía diplomática; es una proclamación pública de voluntad y objetivos compartidos.
Lula, con la gravedad y la franqueza que lo caracterizan, puso palabras duras sobre el diagnóstico: la democracia titubea cuando deja de ser capaz de distribuir esperanza y derechos. “¿Dónde se equivocó la democracia?”, se preguntó. Subrayó el peligro del extremismo que se alimenta de desigualdad y de la pérdida de derechos; reclamó voceros internacionales de la democracia y la necesidad de revisar nuestros discursos para reconectar con la juventud y la clase trabajadora. Es una llamada a la autocrítica, no a la autocomplacencia.
Sánchez correspondió con gesto y palabra: no solo ensalzó a Lula como referente progresista mundial, sino que pidió disculpas públicas, en nombre de una sociedad española abierta, por las descalificaciones de Isabel Díaz Ayuso que calificaron de “narcoestados” a países presentes en la cumbre Democracia Siempre. Ese perdón es también un acto de responsabilidad diplomática: cuando se injuria a países con tradiciones democráticas consolidadas, se hiere la posibilidad de alianzas necesarias.
La cumbre no fue solo protocolo; tuvo contenido y prioridades. Ambos líderes coincidieron en la necesidad de frenar la desinformación y el extremismo que anida en las redes digitales, de redoblar la lucha contra la desigualdad, de impulsar una reforma de la ONU y de mantener firme el “no a la guerra”. El respaldo explícito de Lula al “no a la guerra” de Sánchez —en un momento en que asiste el mundo a una nueva carrera armamentística y a conflictos que vuelven a abrir heridas— dota a esa postura de un peso internacional relevante.
No hubo complacencias con lo que destruye la convivencia: tanto España como Brasil declararon su apuesta por la cooperación internacional, el respeto al derecho internacional y los derechos humanos. El mensaje es claro y directo: mientras otros alimentan heridas con insultos y postureo, estos gobiernos proponen cerrar, curar y dedicarse a lo importante: frenar la desigualdad, afrontar la emergencia climática y dar una perspectiva humanista al desarrollo tecnológico.
Esta cumbre es, por tanto, una declaración de intenciones. No promete soluciones mágicas, ni obvia las dificultades internas de la democracia; más bien las señala con crudeza. Si la izquierda quiere volver a ser faro de esperanza, tendrá que aceptar la autocrítica que Lula plantea, traducirla en políticas que recuperen derechos y garantías, y sostener una diplomacia que, cuando haga falta, pida perdón por quien insulta a aliados. Esa mezcla de firmeza y responsabilidad es la que hoy se ha exhibido en Barcelona.
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