Sin coronas ni pompa: Maduro y Cilia Flores frente a la Justicia en Nueva York
La imagen del poder despojado —caquis, silencio y un juez que niega la salida fácil— en la segunda audiencia preliminar

Redacción · Más España


La escena fue simple y contundente: Nicolás Maduro y Cilia Flores entraron a la sala sin protocolo, vestidos con el uniforme caqui que distingue a los detenidos. No hubo banda tricolor ni collares de honor, no hubo filas de jueces inclinándose; sólo custodios, abogados y una audiencia advertida de obedecer el silencio.
Aquella ausencia de símbolos no es un detalle ornamental. Ocho años después de pasear por el Tribunal Supremo de Justicia de Caracas con la investidura plena —banda, Gran Collar y Estrella de la Orden—, la pareja que ejerció el poder en Venezuela se presentó en el piso 26 del tribunal federal de Manhattan convertida en imputada. Maduro usó audífonos para la traducción, llevaba anteojos y una camiseta naranja asomando bajo el uniforme; Flores, con el cabello recogido y un suéter gris bajo el caqui, escuchó la sala en silencio.
La jornada procesal no ofreció la teatralidad del primer episodio público tras la detención: en la audiencia inicial, Maduro se declaró presidente, se calificó de "prisionero de guerra" y habló de su fe. Esta vez guardó silencio. Y fue el juez Alvin Hellerstein quien, con el barniz institucional de la corte, cerró la puerta a la salida más fácil: rechazó la solicitud de la defensa para desestimar el caso.
El procedimiento estuvo marcado por la disciplina del recinto. Alguaciles prohibieron dirigirse a los acusados y se confiscaron teléfonos y cámaras; solo se permitió a los periodistas tomar notas. La distancia física y el rigor de las normas subrayaron que aquello no era un acto público de exaltación, sino una fase del proceso penal en el Distrito Sur de Nueva York.
No faltaron, fuera del edificio, los manifestantes en ambos bandos; dentro, la primera fila reservada para dibujantes y otra para funcionarios del gobierno. En la sala, los abogados trabajaron con cartas serias: la defensa buscó vías procesales para terminar el caso; el tribunal las rechazó en esta instancia preliminar. Entre las notas médicas divulgadas por la defensa figura la mención a un "prolapso de la válvula mitral" que afecta a Flores y la necesidad de un ecocardiograma pronto para su tratamiento.
Los ecos de esta audiencia se proyectan más allá de la sala. Para muchos venezolanos que han vivido la cárcel y la represión —como el activista que esperó horas para acceder al tribunal— la comparecencia encarna una demanda de justicia que ellos mismos aseguran no haber recibido. Para el sistema judicial estadounidense, es el desarrollo de un caso que seguirá su curso; para la pareja acusada, es la pérdida visible de los emblemas que hasta hace poco acompañaban su ejercicio del poder.
Los hechos quedan allí, desnudos: detención en una operación de fuerzas especiales de Estados Unidos en Caracas, traslado a Nueva York, dos audiencias públicas y, en la segunda, la negativa judicial a cerrar el expediente sin más. La pompa quedó atrás; la sala del juez Hellerstein no admite símbolos, solo tramitación y derechos procesales. Y así, sin guardias de honor ni insignias patrias, continúa la instrucción.
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