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Silencio estruendoso: cuando la amistad presidencial con Xi deja mudos a los halcones del MAGA

El viaje de Trump a Pekín mostró concesiones de gesto que ponen en jaque la retórica beligerante contra China

Redacción Más España

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16 de mayo de 2026 3 min de lectura
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Silencio estruendoso: cuando la amistad presidencial con Xi deja mudos a los halcones del MAGA
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Hace no tanto tiempo la consigna era sencilla y beligerante: China como adversario central, acusada de estafar a Estados Unidos, robar tecnología e inundar nuestras calles con fentanilo. Esa fue la música de campaña que llevó a Trump a la Casa Blanca y la que sostuvieron algunos de sus más próximos colaboradores, que hicieron de la línea dura hacia Pekín su tarjeta de presentación.

Sin embargo, la escena en el Gran Salón del Pueblo fue otra partitura: alfombra roja, himno de Estados Unidos a todo volumen, y un Trump que llamó “amigo” a Xi Jinping y habló de una relación que iba a ser “mejor que nunca”. Fue un gesto de diplomacia pública que contrastó con aranceles estruendosos —y las represalias chinas— que apenas un año atrás habían elevado la guerra comercial a un punto de máxima tensión.

No hubo en Pekín grandes anuncios que cambiaran de raíz esa guerra comercial: referencias a “fantásticos acuerdos” y reportes sobre autorizaciones puntuales —semiconductores de Nvidia a ciertas empresas chinas, un pedido de aeronaves a Boeing, la aprobación de Citi para operar en valores— son medidas concretas pero limitadas frente a la magnitud del desafío estratégico que Washington y Pekín se niegan a soslayar.

El punto más áspero —y el que dejó en evidencia la distancia entre el gesto y la política— volvió a ser Taiwán. Trump evitó comprometerse sobre la venta de armas por 14.000 millones de dólares, un paquete cuya notificación y avance han estado retrasados y que para adversarios y partidarios duros de una posición firme es esencial. El comunicado chino colocó a Taiwán en el centro y advirtió sobre riesgos de enfrentamientos; la Casa Blanca evitó mencionarlo.

Frente a esa omisión pública y a la suavidad del tono presidencial, las voces que en el Capitolio y en las tribunas del MAGA han hecho de la dureza contra China su estandarte permanecieron, en gran medida, en silencio. Steve Bannon calificó como amenaza el inicio del comunicado chino; otros, sin embargo, no se apresuraron a desautenticar el viaje ni a exigir claridad.

La fotografía es nítida: gestos simbólicos y acuerdos puntuales no borran discrepancias estructurales. Hay sanciones del Departamento de Estado a empresas chinas por suministrar imágenes satelitales a Irán, y hay una confrontación económica que se manifestó en aranceles y bloqueos a recursos estratégicos. Y sobre el tablero, Taiwán sigue siendo la ficha donde puede quebrarse la relación.

Ese silencio de los halcones del MAGA plantea una pregunta incómoda para la política exterior de manual: ¿es la diplomacia del aplauso en Pekín una estrategia coherente con la retórica y las medidas de línea dura que han marcado la última legislatura, o estamos ante un ejercicio de espectáculo que elude decisiones concretas sobre seguridad y alianzas?

Queda, en todo caso, una lección política menor: la retórica puede levantar banderas y concitar votos, pero cuando la presidencia se encuentra ante el líder de una potencia rival, los gestos tienen efectos y las omisiones pesan. Si no hay claridad sobre la defensa de intereses esenciales —Taiwán entre ellos—, el voto de confianza en gestos amistosos puede convertirse pronto en motivo de desconfianza.

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