Cultura

Siguen mirándose con ojos ajenos: la adolescencia femenina vista desde fuera

Tras hablar con 150 chicas, emerge una constatación incómoda: la mirada de los chicos sigue definiendo cómo se ven

Redacción Más España

Redacción · Más España

1 de mayo de 2026 3 min de lectura
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Siguen mirándose con ojos ajenos: la adolescencia femenina vista desde fuera
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Hablar con cerca de 150 chicas en distintas localidades del Reino Unido —la mayoría entre 13 y 17 años— no fue un experimento académico frío: fue una sucesión de mesas, clubs juveniles y conversaciones en las que brotaban ambiciones, afectos y cuidados familiares.

Las voces eran nítidas: planes para el futuro, cariño por las amigas, orgullo por cuidar de la familia. Hubo frases luminosas y cotidianas —“Me gustaría tener un refrigerador en el que puedas poner un jarrón… ¡Y ser médica!”— que revelan talento y ganas de mundo. Y sin embargo, entre esas confidencias reaparecía, casi como un refrán, una observación persistente: muchas niñas siguen viéndose a través de la mirada de los chicos.

Cuando la pregunta inaugural pedía la verdad —“¿Cómo es realmente ser chica en 2025/26? ¡Díganme la verdad, no sean educadas!”—— la respuesta casi siempre arrancaba con “Bueno, los chicos piensan/dicen/quieren/sienten…”. Esa dinámica se presentó con la claridad de una prueba: las conversaciones de aquellas jóvenes raramente escapaban a la presencia masculina como referencia.

La reportera comparó esa pauta con la prueba de Bechdel: si para aprobar hace falta que dos mujeres hablen entre sí sobre algo que no sea un hombre, muchas de estas entrevistas habrían fallado. No por falta de inteligencia o deseos, sino porque la experiencia diaria las obliga a situar a los chicos en el centro del relato.

Esa centralidad no es trivial. Las chicas describieron presiones explícitas: la expectativa de ser “más pequeñas y más silenciosas” en grupos mixtos, el cuidado de no parecer “demasiado intensas”, “una pesada” o “rara”. Profesores y responsables de centros coincidieron: en aulas mixtas muchas niñas “mantienen la cabeza gacha”, “no hacen ruido” o pasan “por debajo del radar”.

Alison Harbor, gerenta del club juvenil DRMZ en Carmarthen, lo subrayó desde la experiencia cotidiana: agradeció la franqueza de las chicas y advirtió que su conducta cambia cuando hay chicos alrededor; que a menudo internalizan sus problemas. Ese testimonio de primera mano confirma lo que las jóvenes describen: una auto‑limitación aprendida que moldea conductas y silencios.

El contexto no es ajeno: este proyecto siguió a una serie previa sobre chicos, y llegó en un momento mediático cargado —la covid‑19, el #MeToo, el ruido en torno a figuras como Andrew Tate y la publicación de los archivos Epstein— que hizo aún más urgente escuchar a las jóvenes. No se trata solo de tendencias culturales abstractas: son conversaciones que atraviesan la vida cotidiana de las niñas.

Investigadoras como la doctora Ola Demkowicz han estudiado ya la presión que sufren las jóvenes y su impacto en la salud mental; las voces recogidas en estas charlas confirman esa preocupación práctica: las adolescentes conocen la dinámica, la describen y la sufren. No es ignorancia: es decodificación de una expectativa social que las condiciona.

¿Resultado? Una paradoja inquietante: más visibilidad pública del feminismo y de debates sobre género, y a la vez una experiencia íntima de las adolescentes donde lo masculino sigue siendo la lente. No es solo un problema de representaciones; es una fábrica de comportamientos que enseña a las chicas a ocupar menos espacio, a contenerse, a medir su voz.

Escucharlas no es un gesto púdico: es una obligación política y cultural. Si las jóvenes tienen la lucidez de señalar que su relato comienza con “los chicos…”, la respuesta colectiva debería ser clara y decidida: transformar entornos educativos, comunitarios y mediáticos para que la referencia dominante deje de ser ajena. Ignorar esa llamada sería perpetuar el silencio que tantas de ellas ya internalizan.

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