Si no nos matan, nos quedaremos: la vida bajo las bombas en Irán
Civiles atrapados entre ataques, represalias y el colapso de servicios básicos

Redacción · Más España


La verdad tozuda se impone sobre la retórica: Irán vive una ofensiva militar que ha alcanzado decenas de ciudades, instalaciones militares, infraestructuras estratégicas, aeropuertos y zonas urbanas. Las cifras oficiales que difunden las autoridades de Teherán y la Media Luna Roja suman ya más de 700 muertos. No son meros números; son hogares sacudidos por explosiones, servicios destruidos y una población que cuenta los días entre apagones y falta de alimentos.
Frente a esos ataques, Irán y sus milicias aliadas han lanzado represalias dirigidas a objetivos de Estados Unidos y a socios regionales. Entre los episodios verificados está el impacto con drones en la embajada estadounidense en Riad y ofensivas contra puntos estratégicos en Arabia Saudí, Kuwait, Bahréin, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos. La guerra, por tanto, no se limita a un frente: se ramifica, contamina y extiende la inseguridad por el conjunto de la región.
Mientras los gobiernos cuentan ataques y represalias, la vida cotidiana de la ciudadanía sufre el golpe más cruel. Explosiones en las ciudades, cortes de electricidad, interrupciones del servicio de internet y vías de comunicación saturadas o destruidas han convertido la normalidad en una expectativa frágil. La censura y la represión del régimen complican aún más conocer con precisión el alcance del daño: los reporteros internacionales tienen vetados los visados, y los cortes de internet dificultan la comunicación y la verificación.
En las voces que BBC Persa recogió desde el interior del país emergen dos realidades que se alimentan: miedo y determinación. Hay quien describe la calma que precede a la tormenta; hay quien habla de mayor presencia policial y de calles vacías. Pero también hay quien, como Maryam en Teherán, afirma con firmeza: "Si no nos matan, nos quedaremos". Esa frase condensada es la imagen de una sociedad que, pese al miedo, mantiene llamamientos a la protesta y la resistencia.
Además del peligro inmediato, hay efectos colaterales que golpean más hondo aún: el alza de precios y la escasez de alimentos. Habitantes de Teherán y ciudades cercanas relatan subidas drásticas del arroz y la patata, y el temor a quedarse sin productos básicos empuja a la población a abastecerse como puede. El Gobierno, por su parte, ha ordenado la prohibición de exportar productos alimenticios y agrícolas "hasta nuevo aviso" para priorizar el suministro interno. Era un pulso necesario, pero no neutraliza de inmediato la ansiedad por las estanterías vacías y los bolsillos ajustados.
Los cortes de internet y el encarecimiento de paquetes, incluso los que ofrecen redes satelitales, complican la información y el auxilio. Personas entrevistadas comentan que el acceso a la red es intermitente y que servicios como Starlink han visto incrementos en sus precios. Esa obstrucción digital no solo limita la vida privada; cierra la ventana que permitiría al mundo entender mejor lo que ocurre y a quienes dentro del país coordinar ayuda y protesta.
No es menor recordar que las sanciones y el coste de la vida ya provocaron en diciembre movilizaciones en todo el país, reprimidas con dureza por el régimen. Hoy, con la guerra en curso, esa presión previa de la sociedad persiste como telón de fondo: la combinación de crisis económica, represión y ataques exteriores coloca a la población en una rueda peligrosa, donde la incertidumbre se mezcla con la voluntad de seguir en las calles.
Ni resentimiento ni romanticismo: los hechos muestran a una población atrapada entre la ofensiva exterior y la respuesta interna, entre la necesidad básica de alimentos y la imposibilidad de comunicarse con fluidez. Quienes sufren las explosiones no son interlocutores abstractos; son madres, jóvenes, trabajadores que describen casas que tiemblan y mercados con precios que se disparan. Ese es el cuadro que aporta la crónica: vidas que resisten en la misma línea donde se cruzan geopolítica y supervivencia.
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