Sí a la guerra a Trump: la estrategia de Pedro Sánchez que deja a España expuesta
Cuando el 'no a la guerra' se transforma en confrontación personal con la Casa Blanca

Redacción · Más España


Pedro Sánchez ha asumido, según reconocen voces nacionales e internacionales, el papel de supuesta némesis europea de Donald Trump. Lo hizo antes que otros y supo leer que el trumpismo genera rechazo en amplios sectores de Occidente. Esa lectura le ha servido de trampolín propagandístico: su «no a la guerra» ha devenido en emblema, en tarjeta de presentación internacional que tapa, por ahora, las miserias domésticas que persiguen al Gobierno.
Medios como The Economist, The Wall Street Journal o Time han aplaudido ese contrapeso simbólico que, dicen, ofrece España frente a la Casa Blanca. Resultado: el anti‑trumpismo ha opacado al anti‑sanchismo; los escándalos internos, por fin, pasan a un segundo plano mediático. El rédito, como todo rédito fácil, es inmediato y personal; la factura, advierte el propio análisis, corre por cuenta de España y se pagará más tarde.
Porque ya no es sólo propaganda. La instrumentalización partidista de la crisis en Irán, que obliga a mantener viva la confrontación con Estados Unidos y a dramatizar gestos —como el cierre del espacio aéreo a aeronaves militares estadounidenses— convierte el «no a la guerra» en una suerte de «sí a la guerra» personal contra Trump. Esa teatralización singulariza a España frente al resto de capitales europeas que, aunque críticas, han optado por mayor prudencia pública.
Las consecuencias no son teóricas: mensajes como el del senador Marco Rubio señalando a España como ejemplo de deslealtad entre antiguos aliados no son declaraciones menores. La Administración Trump ya cita negativamente a España, junto a Groenlandia, con frecuencia. Castigar a España sería, en ese tablero, una medida de bajo coste para Washington y de alto coste ejemplarizante para la Unión Europea.
Sánchez ha optado por cabalgar en solitario, buscando gloria y réditos electorales, y lo ha hecho además modificando posiciones internacionales sin debate parlamentario: la regularización masiva de inmigrantes es otro gesto que abre una brecha con la política comunitaria orientada a frenar los flujos. En conjunto, estas decisiones convergen hacia una España más desalineada de sus socios históricos, más cerca del Sur Global y, por tanto, más vulnerable en un orden mundial cambiante.
La pregunta que queda en el aire y que el Gobierno debe responder con claridad es simple: ¿vale la ganancia simbólica y mediática de la confrontación personal con la Casa Blanca el riesgo real de convertir a España en chivo expiatorio en la campaña de un presidente acorralado? La respuesta, por ahora, exige prudencia; la política exterior no admite gestos pensados sólo para la foto.
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