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¿Se agota el empuje de la ultraderecha? Vox ante el espejo del declive

Las señales externas y la propia dinámica interna dibujan un techo y una encrucijada para el partido de Abascal

Redacción Más España

Redacción · Más España

12 de abril de 2026 2 min de lectura
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¿Se agota el empuje de la ultraderecha? Vox ante el espejo del declive
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Vivimos un momento de repliegue simbólico y político de la ultraderecha en Europa. Las elecciones en Hungría, donde las encuestas apuntan a la posible derrota de Viktor Orbán —un dirigente que lleva 16 años en el poder y que ha moldeado el sistema democrático húngaro a su imagen— ofrecen la primera grieta luminosa: si pierde y acepta la derrota, sería una señal de que los virajes autoritarios pueden revertirse cuando la ciudadanía actúa.

Vox, que comparte grupo en el Parlamento Europeo con el partido de Orbán, no es una excepción a ese cambio de ciclo. Las encuestas muestran que su voto parece haber tocado techo: seguirá siendo, por ahora, el tercer partido en número de escaños, pero sin un horizonte claro de expansión. Las urnas ya comenzaron a avisarlo en Castilla y León; las de Andalucía deberían confirmar ese ajuste. Y más allá del estancamiento, cabe la posibilidad tangible de un inicio de retroceso electoral.

Hay factores externos que explican este viraje. El liderazgo de Trump —cada vez más errático, irracional y autoritario, según numerosos análisis— resulta una espada de doble filo para la ultraderecha europea. Lo que en su día fue atractivo —retórica supremacista, antinmigración y antisistema— se vuelve insostenible cuando sus decisiones, desde política arancelaria hasta las repercusiones de la guerra en Irán, acaban afectando el bolsillo del ciudadano. Mantenerlo como aliado puede convertirse, en palabras duras pero exactas, en un abrazo del oso: al principio reconforta; después asfixia.

Pero no son solo factores foráneos. La política interna de Vox muestra fisuras que explican el desgaste. Sus maniobras para cerrar pactos con el PP en comunidades donde su apoyo resulta determinante han resultado erráticas y han levantado dudas sobre su capacidad de interlocución. El liderazgo de Santiago Abascal, descrito en la fuente como entre mesiánico y despótico, tutela al partido sofocando la disidencia interna y arrastrando controversias por la opacidad en la gestión y por asuntos relacionados con la financiación de estructuras paralelas como la Fundación Disenso.

En suma: el desgaste actual de Vox procede más de su incapacidad para transformar su presencia en poder estable que de gobernar; y lo preocupante para el partido es que ha ido cayendo en prácticas que antes criticaba —oligarquización, hiperliderazgo, aferramiento a los cargos, amiguismos—, según el análisis original. Sin posibilidad cierta de superar al PP y con ese coste interno acumulado, Vox afronta una disyuntiva semejante a la que vivió Ciudadanos: facilitar la gobernabilidad de la derecha o convertirse en redundante.

No nos dejemos arrullar por consignas: los hechos que ofrece el escenario europeo y español dibujan una realidad exigente para Vox. Si la ultraderecha en Europa pierde referentes —si Orbán cede, si Trump sigue erosionándose— y si en casa persisten los problemas de liderazgo y transparencia, el declive dejará de ser una hipótesis para convertirse en un proceso. Los votantes, al final, responden a resultados y coherencia; la política no perdona la contradicción prolongada.

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