Schoenstatt y el presidente Kast: fe, red y preguntas legítimas
Un movimiento mariano con raíces centenarias que acompaña a José Antonio Kast y que opera en toda América Latina

Redacción · Más España


José Antonio Kast asumió la presidencia de Chile el 11 de marzo y lo hizo con un discurso cargado de referencias religiosas: pidió a Dios sabiduría, templanza y fortaleza. No es un gesto aislado. El vínculo del mandatario con Schoenstatt forma parte de su biografía pública: se educó bajo sus lineamientos y varios de sus hermanos también tuvieron relación con el movimiento.
Schoenstatt nació en octubre de 1914 en Alemania, apenas iniciada la Primera Guerra Mundial. Fue fundado por el sacerdote José Kentenich, entonces profesor en un seminario en el pueblo que dio nombre al movimiento. Su carácter es marcadamente mariano: la devoción a la Virgen y la restauración de una pequeña capilla en los jardines del seminario fueron el germen de una organización que reivindica la formación de "un hombre y de una comunidad nueva" para servir a la Iglesia y a la sociedad.
El movimiento combina ramas laicas y religiosas. Tiene comunidades de laicos que actúan con autonomía en relación con la jerarquía eclesiástica, así como una orden sacerdotal y comunidades femeninas consagradas que, aunque semejantes a monjas, no toman votos según las explicaciones consultadas.
Schoenstatt reivindica la réplica de su capilla germinal: hoy asegura contar con alrededor de 200 "santuarios filiales" y presencia en más de 100 países, incluyendo todos los estados de América Latina. Esa capacidad de expansión y esa estructura —ramas múltiples, institutos seculares y prácticas formativas— explican su influencia social y su adhesión entre creyentes.
No todo en su historia es impecable. El movimiento ha estado en el centro de la atención pública por acusaciones de abuso contra su fundador, una circunstancia que figura en los relatos periodísticos sobre la organización y que merece ser parte del escrutinio cuando se examina la influencia de Schoenstatt en la vida pública y en actores políticos.
Que un jefe de Estado provenga de un movimiento con esa densidad histórica, con presencia internacional y con señas de identidad confesionales obliga a una reflexión serena: sobre la relación entre lo íntimo y lo público, sobre la transparencia de las formaciones que moldean dirigentes y sobre la necesidad de someter al ámbito cívico a la información veraz. Nada de lo anterior pretende censurar la fe; persigue, en cambio, que la ciudadanía conozca y valore con equilibrio el origen de convicciones que pueden informar decisiones de Estado.
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