Sánchez trae a Barcelona a los aliados de las dictaduras y deja herida a la oposición venezolana
La IV Reunión en Defensa de la Democracia exhibe contradicciones: invitados con lazos con regímenes que aplastaron la democracia

Redacción · Más España


Pedro Sánchez convirtió a España en escenario de un pulso que se juega en las Américas: la IV Reunión en Defensa de la Democracia en Barcelona contó con la presencia estelar de Lula da Silva, Gustavo Petro y la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum, nombres que, por sus estrechos vínculos con dictaduras latinoamericanas, no pasan inadvertidos.
Lula, con su consigna repetida de que "Venezuela es destino de los venezolanos", normalizó la continuidad de una estructura de poder que la noticia describe como aliada histórica de la revolución bolivariana. Su explicación sobre la asunción de Delcy Rodríguez —"está en el poder legítimamente en la medida de que el presidente cayó, ella era vicepresidenta y asumió"— choca con el marco constitucional que fija plazos y condiciones para la sustitución y convocatoria de elecciones, y omite el contexto de lo que la crónica señala como la usurpación del poder tras el fraude de 2024.
Petro, por su parte, repitió la teoría del chavismo sobre un supuesto temor a la vuelta de líderes como María Corina, sin reparar en los datos que la noticia cita sobre la fortaleza electoral de la oposición democrática: siete millones de votos frente a tres de Maduro en una contienda de hace menos de dos años, y una imagen positiva de figuras opositoras según la encuesta de Atlas&Bloomberg. Además, el presidente colombiano propuso un gobierno de concertación temporal y anunció visita a Caracas, movimientos que, en la narración del artículo, se entrelazan con gestos de respaldo a Maduro.
La presencia de estos mandatarios en un foro que se proclama defensor de la democracia es, en palabras de los analistas citados, un parche contradictorio: "La causa de la democracia admite ovejas descarriadas", pero la pasividad de líderes como Lula y Petro tras las denuncias de fraude en Venezuela —según la pieza— contribuyó a la "salida inevitable" de un presidente y al encumbramiento de un gobierno de facto.
Mientras los invitados de Sánchez dejaban pasar "una nueva oportunidad para congraciarse con los demócratas venezolanos", la oposición en el exilio y en el país trataba de organizarse. La noticia recoge que María Corina y otros líderes opositores son percibidos por el chavismo como una amenaza, y que la plataforma unitaria que encabeza la oposición mantiene actividad política y reuniones ante la comunidad venezolana en Madrid.
Resulta inquietante, desde el punto de vista que abre este debate público, que una cumbre dedicada a la democracia presente en su cartel a quienes mantienen "cordón umbilical" con regímenes autoritarios, según la propia crónica. No es menor la contradicción: hablar de defensa de la democracia mientras se otorga tribuna a quienes, en la práctica, han defendido y protegido a gobiernos que violaron procedimientos y derechos.
España, como sede y anfitriona, afronta ahora la responsabilidad de explicar a qué democracia representa: a la de los ciudadanos y las víctimas del fraude y la represión, o a la de los gobiernos que han tolerado y legitimado esas dinámicas. Porque la democracia no se proclama por decreto ni se defiende con invitados incómodos; se protege con coherencia y con actos que no puedan ser interpretados como complacencia.
La cuestión no es retórica: según la noticia, la imagen de la oposición democrática venezolana mantiene apoyos significativos y la reclamación de elecciones y garantías no puede quedar supeditada a ambigüedades diplomáticas. La reunión en Barcelona ha dejado, al menos, una constatación clara y pesada: que las palabras sobre democracia requieren respaldos que en el caso venezolano, explicita la crónica, no siempre han tenido lugar.
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