Sánchez puso un límite y Trump respondió con la amenaza comercial
La negativa española al uso de Morón y Rota para atacar a Irán desata una crisis diplomática

Redacción · Más España


El Gobierno de Pedro Sánchez tomó una decisión clara y jurídicamente fundada: no autorizar el uso de las bases estadounidenses en España para una ofensiva contra Irán. Esa negativa, explicitada por el ministro de Asuntos Exteriores José Manuel Albares y apoyada por la ministra de Defensa Margarita Robles, se amparó en el Convenio Bilateral de Cooperación para la Defensa de 1988 y en la ausencia de un marco de legalidad internacional que avale la operación.
La reacción del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, fue fulminante y de naturaleza económica: anunció la suspensión de "todo el comercio con España", declarando que "España ha sido terrible" y que "no queremos tener nada que ver con España". Frente a la amenaza, el Ejecutivo español respondió invocando la autonomía de las empresas privadas, la legalidad internacional y los acuerdos bilaterales entre la Unión Europea y Estados Unidos.
No es un choque retórico cualquiera: en territorio español están las bases de Morón de la Frontera y la naval de Rota, enclaves estratégicos en el sur que alojan a unos 8.000 efectivos estadounidenses. El movimiento de aviones de reabastecimiento KC-135 desde esas bases a otras instalaciones en Europa puso en evidencia la dimensión operativa del desacuerdo: los KC-135 son esenciales para sostener operaciones aéreas a larga distancia.
Sánchez, en un discurso público, resumió la posición del Gobierno con una frase rotunda: "No a la guerra". Y añadió que la intervención de EE.UU. e Israel en Irán había sido, a su juicio, "injustificada, peligrosa y fuera de la legalidad internacional". Robles enfatizó que actuaciones militares de esta naturaleza requieren "amparo internacional"; Albares subrayó que las bases no pueden usarse para nada que no tenga encaje en el convenio y en la Carta de Naciones Unidas.
España ha recordado además su papel como miembro clave de la OTAN y socio comercial histórico de Estados Unidos, señalando que es una potencia exportadora de la UE con relaciones comerciales con 195 países. Ese recordatorio no rebaja la firmeza jurídica: según el propio convenio de cooperación, cualquier uso de las bases por parte de EE.UU. debe contar con autorización española y encajar en los fines pactados.
La escena es nítida y sin adornos: un Gobierno que invoca normas y acuerdos para limitar el uso de su territorio, y un aliado que responde con una medida de fuerza económica. Entre la legalidad y la coacción, entre el convenio de 1988 y la amenaza de cortar el comercio, se dibuja una fractura que obliga a ambos a medir consecuencias reales y a la ciudadanía española a tomar nota de hasta dónde llega la soberanía cuando entra en colisión con la presión de un socio poderoso.
Los hechos son los que son: decisión gubernamental fundada en el convenio y en la ausencia de respaldo internacional para la ofensiva; traslado de aeronaves de reabastecimiento; y la amenaza pública de suspensión comercial por parte del presidente estadounidense, con la réplica del Ejecutivo español apelando a la legalidad y a la autonomía empresarial. No hay, por ahora, apaciguamiento: hay un desencuentro que se ha instalado en la plaza pública y que exigirá, inevitablemente, respuestas en clave diplomática y económica.
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