Sánchez proclama el final de la "internacional ultraderechista": la hora de la confrontación ideológica
En la clausura de la Global Progressive Mobilisation, el presidente dibuja el ocaso de las derechas y convoca a la movilización progresista

Redacción · Más España


Pedro Sánchez cerró la Global Progressive Mobilisation en Barcelona con una proclama que pretende fijar coordenadas: «la internacional ultraderechista» ha llegado a su fin, dijo, aunque «hace mucho ruido». Fue un discurso sin ambages ni eufemismos, pronunciado ante un auditorio entregado de 6.500 personas en la Fira de la capital catalana.
El presidente no inventó figuras: aludió a quienes «han tratado de transformar la ideología que ellos representan en un insulto» y proclamó que «a partir de hoy la vergüenza cambia de bando y lo va a hacer para siempre». Enumeró, con la dureza de la enumeración crítica, a los que callan ante la injusticia, explotan a los trabajadores, discriminan al diferente, convierten los derechos en mercancías, defienden los privilegios de las élites y apoyan guerras y violencias.
Sánchez dirigió además sendos mensajes —uno implícito y otro más directo— a los actores políticos domésticos: criticó la oposición al plan de regularización de 500.000 personas extranjeras residentes en España y aludió al pacto de Gobierno entre PP y Vox en Extremadura, que incluye la «prioridad nacional» para la concesión de ayudas. Su frase fue inequívoca: «España es hija de la migración y no va a ser madre de la xenofobia».
Para sostener su tesis recurrió a la memoria y al ejemplo: recordó un discurso de Pepe Mújica ante la ONU hace 13 años y lo citó como lección de compromiso con el porvenir, aun a costa de no llegar a verlo. En ese marco apeló a la unidad de fuerzas progresistas de más de 50 países reunidas en Barcelona: «la internacional ultraderechista y unas derechas lacayas... hacen mucho ruido (...) saben que su ortodoxia neoliberal... murió en 2008», dijo, y añadió críticas a su rendición al negacionismo climático, a la xenofobia y al machismo.
Sánchez dibujó un diagnóstico contundente de la situación internacional y nacional: la derecha «no lidera, la derecha languidece», sostuvo, y atribuyó a sus políticas cuatro efectos concretos mencionados en su intervención: guerra, inflación, desigualdad y fractura social. Con ese balance planteó una alternativa: reconstruir lo que, según sus palabras, «ellos han tratado de destruir» y traer «una nueva era de progreso». Reconoció la dificultad del empeño, pero señaló tres instrumentos que, dijo, ya han sido recuperados: la unidad, el orgullo de ser pacifistas, ecologistas, sindicalistas y feministas, y la fe en el progreso.
El discurso concluyó con una llamada a la esperanza y a la acción: «No la promesa de resistir, sino de avanzar», afirmó, reclamando «moral de victoria» para que «en Barcelona empezó todo». El cierre del foro contó además con el respaldo y las palabras de halago del presidente brasileño Lula da Silva, según recoge la crónica del acto.
Es, en suma, un acto político y simbólico: Sánchez cerró un congreso global de la izquierda con un diagnóstico severo de sus adversarios, una defensa explícita de políticas migratorias y sociales y una convocatoria a la movilización y a la unidad progresista, sustentada en referencias históricas y en la denuncia de lo que él definió como una derecha sin proyecto.
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