Reivindicar Salamanca: la respuesta civilizada frente a los victimismos
Felipe VI, De Vitoria y la tradición jurídica española frente a la polarización identitaria

Redacción · Más España


Pierdan toda esperanza quienes crean que una declaración del Rey sobre el pasado americano vaya a satisfacer a los apologistas del victimismo. La vieja mecánica política del populismo —convertir el agravamiento en bandera y la ofensa en identidad— exige más que explicaciones: exige rendiciones públicas. Eso no es negociación de la verdad histórica; es extorsión moral.
El Rey Felipe estuvo ayer en Salamanca, junto al presidente de Italia, en el epicentro europeo de la reflexión crítica. No fue un acto simbólico cualquiera: la Universidad de Salamanca fue la encrucijada donde, hace exactamente cinco siglos desde la cátedra de Teología, Francisco de Vitoria articuló una revolución intelectual que colocó al ser humano en el centro del orden jurídico. Reivindicar esa herencia no es repetir letanías patrioteras; es recuperar una tradición que concilió fe y derecho frente a la barbarie y la arbitrariedad.
De Vitoria defendió con claridad que las tierras descubiertas no eran res nullius y que los indígenas eran «personas humanas y dueños de sus tierras». Esa afirmación, más que una anécdota académica, impregnó la legislación española posterior y alumbró las Leyes Nuevas de 1542: un intento de limitar abusos y de introducir exigencias jurídicas frente a la explotación. Es un hecho diferencial que merece reconocimiento riguroso, no instrumentalizaciones.
Quienes prefieren el relato fácil —el maniqueísmo que convierte a unos en monstruos y a otros en víctimas totales— desprecian la complejidad histórica y desprestigian la política seria. México, con más de dos siglos de independencia, no reduce su realidad presente a Hernán Cortés; su destino depende, como cualquier nación, de la calidad institucional y de las decisiones contemporáneas, no de la emoción histórica que exigen ciertos grupos para legitimar proyectos políticos.
España, en esta controversia, suele adoptar una postura reactiva. Más allá de las reacciones diplomáticas y de los titulares, habría que apostar por una narrativa propia: digna, fundada en la verdad académica y en la tradición jurídico-humanista que ofrece la Escuela de Salamanca. Reivindicar a De Vitoria y a la Universidad no implica cegar los problemas ni negar errores, sino situarlos en su contexto y responder con argumentos y proyectos, no con genuflexiones ni con trifulcas identitarias.
Ojalá la política española aproveche la ocasión para recuperar la coherencia histórica y la sobriedad intelectual. Porque la verdadera defensa del prestigio de España no pasa por el estrépito emocional, sino por la claridad de ideas, por exponer el legado civilizador del derecho y por combatir la polarización que tanto rédito da a los populismos.
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