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¿Quién manda en Castilla y León? Ávila exige su voz, no los autobuses de campaña

Pedro Pascual y Por Ávila claman contra el olvido y cuestionan el desembarco de líderes nacionales

Redacción Más España

Redacción · Más España

10 de marzo de 2026 3 min de lectura
¿Quién manda en Castilla y León? Ávila exige su voz, no los autobuses de campaña
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Hay gestos que definen un tiempo político: en Ávila, el candidato provincialista Pedro Pascual —61 años— es parado por la calle y la ciudadanía le obliga a retrasar una entrevista. Ese detalle no es anécdota; es síntoma. Las elecciones del 15 de marzo colocan a Por Ávila ante la posibilidad de conservar su procurador y soñar con un segundo. Y no se trata de ambición vacua, sino de reivindicar lo cotidiano: comunicaciones, sanidad, educación, servicios que la provincia demanda y no recibe.

Pascual lo dice con claridad cortante: Ávila está olvidada pese a haber sido bastión del Partido Popular desde 1987. ¿Qué sentido tiene que líderes nacionales aterricen en campaña “si las competencias son nuestras”? La ironía es letal: quienes presumen de soluciones hablan de oídas mientras las decisiones dependen de la Junta. Aquí, lo que falla no es la retórica sino la ejecución administrativa que deja a la provincia sin autovías autonómicas, sin túneles, con precariedad sanitaria y carencias en formación profesional.

No es postureo localista. Por Ávila exhibe músculo municipal y provincial: nació en 2019, entró en la vida autonómica y municipal, obtuvo 11 concejales en su primera legislatura y volvió a crecer; ahora ostenta la alcaldía de Ávila, cinco diputados en la Diputación, más de 20 alcaldes y más de 100 concejales. Trabajan en lo concreto y lo acreditan con gobiernos y representación donde han estado presentes. Esa presencia explica por qué, dicen, la gente ya habla de las Cortes y deja de votar solo “en clave nacional”.

La ruptura con el PP no es un capricho ideológico registrable en etiquetas rígidas, subraya Pascual: el partido reclama lo provincial por encima de las etiquetas. «Ni conservadores ni progresistas», proclaman, porque en la provincia cabe quien sea de una u otra tradición, siempre que se priorice Ávila. Ahí está la fuerza política que les permite disputar un electorado conservador donde Vox también ha crecido; su mensaje es de reivindicación territorial y de igualdad de oportunidades.

Y frente a la acusación de irrelevancia que lanzó el PP local, la respuesta viene afilada: irrelevante es quien se olvida de hacer en cuatro décadas lo que ahora se promete en masa. «Presentan mil medidas —dice Pascual—; ¿no podían hacerlas antes?» La acusación no es de estilo: es de fondo. Cuando las iniciativas de Por Ávila llegan a aprobarse, son otros quienes salen a firmarlas en los escenarios nacionales. Y eso erosiona la confianza: el provincianismo exige reconocimiento y ejecución, no fotos y autobuses en campaña.

Sobre alianzas, la prudencia es la norma: sin líneas rojas, abiertos al diálogo, pero desconfiados por experiencia. Aseguran que se han sentido ninguneados y que la repetida etiqueta de «mercaderes» y «chantajistas» les ha dejado un poso de desconfianza. Exigen, sobre todo, que los presupuestos se ejecuten con transparencia. Si no hay compromisos clarificados, prometen ser más reivindicativos desde la oposición.

El mensaje final es sencillo y rotundo: Ávila reclama protagonismo real en las políticas que le afectan. No quiere que la expliquen desde los estrados nacionales, sino que la gobiernen quienes conocen sus carencias y las llevan a las Cortes. Que vengan los líderes, que llenen autobuses si quieren; pero que no olviden que las competencias que dictan la vida de la provincia están en manos autonómicas y que, por tanto, la responsabilidad —y el foco— debe situarse donde siempre han estado las decisiones.

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