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Que Trump nos declare enemigo político: la Moncloa lo toma como estandarte

La estrategia del Gobierno convierte el choque con EEUU en bandera del 'No a la guerra' y en movilizador del electorado progresista

Redacción Más España

Redacción · Más España

24 de abril de 2026 3 min de lectura
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Que Trump nos declare enemigo político: la Moncloa lo toma como estandarte
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La Moncloa ha decidido leer los choques con la Administración de Donald Trump como una ventaja y no como un problema. Lo dice la propia fuente: «Que Trump se meta con nosotros, que nos sitúe como enemigo político es una maravilla». No es un excedente retórico: es cálculo político en estado puro.

El desencuentro es tangible y documentado. España rechazó compromisos reclamados por EEUU, como asumir un objetivo del 5% del PIB en Defensa dentro de la OTAN y permitir el uso de las bases de Rota y Morón en el marco de la guerra en Oriente Próximo. Frente a esas demandas, el Ejecutivo mantiene un umbral —el 2,1%— como tope de gasto militar y afirma que no tolerará imposiciones sobre cuánto debe gastar «porque sí». Son posiciones claras, expresadas por fuentes gubernamentales.

Lejos de dramatizar, desde La Moncloa se subraya que las relaciones con Estados Unidos «son buenas» y se minimiza el efecto de las amenazas presidenciales: «Es difícil hacerle caso. Un día te felicita, al día siguiente te amenaza. Eso es Trump en estado puro». Y, de hecho, fuentes oficiales aseguran no tener constancia de que las distintas amenazas hayan tenido, por ahora, consecuencia o efecto.

Pero no se trata solo de restar importancia. El Ejecutivo ha convertido el rechazo a la guerra en un emblema y en una tabla de salvación política. El «No a la guerra», recuperado como bandera, fue llevado por Pedro Sánchez al Consejo Europeo informal en Chipre y aparece como la columna vertebral de una narrativa que busca coronarlo como guía del progresismo internacional. La cumbre de Barcelona, dicen desde el PSOE, reforzó esa narrativa: Sánchez salió «coronado» como líder del progresismo y, según fuentes socialistas, se escenificó una suerte de traspaso simbólico de poder desde el brasileño Lula da Silva hacia el presidente español.

La estrategia es doble: por un lado, posicionarse como alternativa al orden propuesto por Trump; por otro, movilizar a la base progresista en un contexto doméstico complejo, marcado por debilidad parlamentaria e investigaciones judiciales que rodean al Gobierno. «El clima del No a la guerra moviliza muy bien a la población progresista», admite un miembro del Ejecutivo. Movilizar, en definitiva, para tejer una palanca electoral de cara a futuras convocatorias.

El relato oficial añade que la postura de España responde —dicen— al sentir mayoritario de la sociedad en defensa del derecho internacional y del multilateralismo, y que, pese a las diferencias con EEUU en materia de gasto militar, España mantiene su compromiso con las capacidades de la OTAN. «EEUU y España estamos de acuerdo en lo importante: aumentar las capacidades de la Alianza», apunta el Gobierno.

¿Qué estamos viendo, entonces? Una operación de aprovechamiento político: convertir un choque diplomático en prestigio internacional y en herramienta interna. Ni alarma roja ni derrota: La Moncloa apuesta por surfear la ola del conflicto, hacerla emblema y alimentar la movilización propia. Pregúntese uno: ¿es prudente gestionar la relación con una potencia aliada como si fuera un activo de campaña? La respuesta exige vigilancia ciudadana y claridad en prioridades: defensa de intereses geopolíticos, yeso de soberanía nacional, pero también responsabilidad en la gestión de aliados y de la seguridad colectiva.

En este momento, las fuentes consultadas aseguran tranquilidad en relación con efectos prácticos. Y mientras tanto, el Gobierno sigue transformando choque en estandarte y tensión en capital político. Esa es la decisión estratégica: ya no solo resistir el encontronazo, sino convertirlo en bandera.

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