Que pase el siguiente: el gesto de Rajoy y el relevo de las iniciales
Del estrado de la Audiencia Nacional a la metáfora pública: M.R. deja paso a un nombre pleno

Redacción · Más España


Mariano Rajoy compareció en la Audiencia Nacional y, fiel a su papel, no defraudó. Con la naturalidad con que algunos afrontan un trámite cotidiano, pronunció la frase que ya estaba escrita en los titulares: "Yo me llamo Mariano Rajoy y luego cada uno me llama como quiera". Fue el primer balón que tocó y el gol que esperaban los cronistas.
La escena, narrada por la crónica judicial, tuvo el contraste propio de los grandes espectáculos: dos mujeres con toga -la jueza y la abogada de la acusación del PSOE- esgrimían sus argumentos mientras Rajoy, entre respuestas y silencios, ofrecía la versión que siempre le ha sido familiar. La anécdota del yo-y-yo cubrió el expediente; la frase sirvió para su propósito comunicativo: dejar constancia de su postura y moverse con la campechanía que el público reconoce.
No hay que romantizar lo ocurrido ni exagerar efectos que la propia crónica evita atribuir: Rajoy respondió, la jueza abrió ventanas de interrogación y la sala vivió momentos de atención mediática. Los relatos resaltan hasta el detalle anecdótico: el funcionario que transcribe la sesión giró la cabeza para mirar la salida del ex presidente, como si la presencia misma reclamara aplauso o, al menos, reconocimiento.
La pieza periodística va más allá de la comparecencia y coloca un símbolo en el centro del relato: las iniciales M.R., que durante años han representado para algunos la corrupción sistémica, "han quedado oficialmente muertas", dice la crónica. Y con esa declaración simbólica viene la ocurrencia final: "Que pase Begoña Gómez". La metáfora no pretende documentar hechos nuevos; su fuerza es retórica: sustituir unas siglas por un nombre propio, pasar del misterio al rostro identificable.
Queda, sin embargo, el cuidado que exige la literatura judicial: un descuido verbal puede ser una anécdota; una frase esperada puede cerrar un acto; y los símbolos —iniciales, apellidos, personajes— siguen siendo materia de interpretación pública. Lo que narró la crónica es esto: una comparecencia, una frase que colmó expectativas y una imagen que el periodismo convirtió en metáfora del relevo en el imaginario público.
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