Pulso en el Atlántico: Madrid impone, Canarias se planta
El choque por el desembarco del MV Hondius exhibe la fractura entre administraciones en plena crisis sanitaria

Redacción · Más España


La noche en que el MV Hondius se acercó a Tenerife se rompió la tenue tregua entre administraciones. Lo que debía ser un operativo técnico de salud pública se convirtió en un pulso político: Canarias se negó a autorizar el fondeo más allá de 12 horas por “seguridad para la ciudadanía”; la Dirección General de la Marina Mercante, dependiente del Gobierno central, ordenó la acogida del buque alegando motivos de seguridad marítima y asistencia sanitaria.
No es una pelea de clisés: son decisiones con efectos reales. Fernando Clavijo, presidente del Gobierno canario, puso su veto sobre la mesa y lo justificó con argumentos de riesgo —habló de roedores y mosquitos como vectores posibles— y de prudencia científica: “Nuestros científicos dicen que el riesgo existe”. Reclamó además informes de la OMS que, según él, no le han sido mostrados pese a repetidas solicitudes, y propuso alternativas concretas, como la evacuación aérea inmediata de pasajeros.
Frente a esa postura, la ministra de Sanidad, Mónica García, reclamó dejar a un lado el “ruido” y subrayó la seguridad del operativo: aseguró que las personas salen “con total seguridad” y que no habrá contacto con la población local. García defendió que desde el inicio se han aplicado medidas pactadas con el Gobierno canario, que la OMS confió en España para hacerse cargo y que las valoraciones políticas podrán hacerse “en su momento”.
La reacción del Ejecutivo central fue explícita: la Dirección General de la Marina Mercante trazó un operativo especial para el desembarco controlado, contemplando atraque o fondeo y la intervención de Salvamento Marítimo si hiciera falta. Madrid insiste en esperar a dos aviones que llegarán el lunes para trasladar a 37 holandeses y dos australianos; Canarias sostiene que no es necesario aguardar y que otros aviones podrían evacuar antes.
La fotografía es clara y debe ser tomada en serio: administración autonómica que impone condiciones por temor a contagios y daño a su población; administración central que decide ordenar la acogida por razones de seguridad marítima y asistencia sanitaria. No hay, en la crónica de los hechos, triunfalismos ni simplificaciones: hay decisiones contrapuestas, cada una con su argumento técnico y su cálculo político.
Si algo obliga esta crisis es a la transparencia y a la responsabilidad compartida. Las autoridades están obligadas a explicar con rigor los pasos dados, a mostrar los informes y a coordinar sin estridencias. La salud pública exige menos rifirrafes y más procedimientos claros; la seguridad marítima reclama soluciones prácticas y coordinadas. La ciudadanía merece que ambos objetivos vayan de la mano, no enfrentados por el cálculo político inmediato.
El despliegue en Granadilla se ejecuta con la mirada del mundo puesta en el archipiélago. Que así sea: que la atención internacional sea espejo que obligue a la exigencia técnica y a la lealtad institucional. Cuando la vida de las personas está en juego, la política debe someterse a la ciencia y la coordinación, no a la contienda. Y cuando las administraciones discrepan, actúen con claridad: documenten, expliquen y asuman responsabilidades públicas por sus decisiones.
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