Perú: la economía zombi que revela el coste del carrusel político
Crecimiento aparente bajo la sombra de la inestabilidad y las oportunidades perdidas

Redacción · Más España


Perú fue durante años el ejemplo pulcro del manejo macroeconómico en América Latina: moneda estable, cuentas públicas saneadas y un banco central que, por su autonomía constitucional, supo mantenerse al margen de la pelea partidaria. Sin embargo, esa coraza no es blindaje absoluto; es, a la vez, la máscara que oculta una dolencia profunda.
Especialistas consultados por BBC Mundo describen una economía que funciona "en piloto automático" y hasta en "modo zombi", expresión de Armando Mendoza. No son metáforas gratuitas: detrás del brillo de algunos indicadores hay costos reales y medibles para la ciudadanía. Desde 2018, la sucesión caótica de mandatos —ocho presidentes desde entonces— ha erosionado la capacidad de sostener políticas económicas coherentes y sostenidas en el tiempo.
El resultado salta a la vista si se abandona la narrativa triunfalista. Excluidos los años de pandemia, el crecimiento medio desde 2022 se sitúa en 2,3% anual, muy por debajo del potencial que estiman los expertos. Diego Macera resume la idea con claridad: con estabilidad política y la coyuntura favorable en precios del oro y el cobre, Perú debería haber crecido por encima del 4,5%.
Hay costos tangibles: la contracción de 2023, del 0,55%, coincidió con la caída y encarcelamiento de Pedro Castillo y las sucesivas protestas, un ejemplo claro de cómo el desbarajuste político contagia la marcha económica. Y el retroceso social es evidente: la pobreza pasó del 20% en 2019 al 27,6% en 2024. El ingreso formal tardó hasta 2024 en regresar a los niveles de 2019, según el INEI.
No se trata de negar los méritos estructurales: la apertura económica, la percepción de seguridad jurídica para inversores y la gestión técnica del Banco Central de Reserva del Perú explican la resistencia del sol y de las cuentas públicas. Pero esa fortaleza no anula las oportunidades perdidas. Como dice Mendoza, la separación entre política y economía es una "verdad a medias": hay un punto a partir del cual la política termina afectando la economía.
La metamorfosis del sistema político —con la elección por el Congreso, el 18 de febrero, de José María Balcázar en reemplazo de José Jerí— subraya la precariedad institucional que ha marcado los últimos años. Cuando los presidentes no llegan a cumplir plazos razonables, la predictibilidad necesaria para aprovechar vientos externos favorables se diluye.
Conclusión: la retórica del éxito macroeconómico no basta. Perú mantiene fortalezas que han evitado el colapso, pero la inestabilidad política ha convertido el crecimiento en un andar moroso y costoso. Lo que falta no es solo técnica en un banco central impoluto, sino gobernabilidad capaz de traducir condiciones favorables en prosperidad sostenida para la mayoría.
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