Otra Andalucía posible: entre lo público y el folclore
Defender lo común exige memoria, coraje y autocrítica

Redacción · Más España


Es pertinente que la candidata socialista haya desplazado al centro del debate la defensa de los servicios públicos y haya abandonado la pompa de aquella primera propuesta de una “ley de lenguas andaluzas”. El gesto no es meramente retórico: sitúa la conversación donde duele y donde importa. Andalucía necesita políticas, no postureo identitario.
Quienes nacimos y vivimos en esta tierra conocemos la realidad: el dialecto andaluz no aparece hoy como una lengua amenazada que precise una protección extraordinaria. Las instituciones regionales, provinciales y municipales, con la colaboración cotidiana de Canal Sur, no han dejado de prestarle atención. Y figuras públicas —con Felipe González entre las más señaladas— han ayudado a normalizar el acento sin necesidad de artificios. Esa naturalidad es la respuesta más eficaz a los tópicos que antes equiparaban el habla andaluza con incultura.
Sin embargo, el orgullo por lo autóctono tropieza con una trampa: confundir cultura popular con folclore populista. La primera dignifica; la segunda explota y recompensa el oportunismo. En Andalucía esa confusión se observa con frecuencia: la línea entre lo público y lo confesional aparece difuminada, y la presencia de autoridades municipales y provinciales en actos religiosos —medalla de virgen al cuello, presidencias procesionales, ceremonias compartidas con clero, policía y militares— no es una excepción. Resulta chocante que políticos de izquierdas participen de escenas que desdibujan la laicidad de lo público.
Esa doblez es exactamente el terreno donde la candidata puede desplegar su programa con autoridad: no basta reivindicar la habla; hay que cuestionar prácticas y políticas que erosionan lo común. El contraste es elocuente: mientras el presidente Moreno Bonilla participaba activamente en la Semana Santa malagueña y minutos después asistía a la inauguración de la temporada taurina en la Maestranza —acto en el que se vitoreó al rey emérito—, en el mismo paseo de Colón la orquesta sinfónica de Sevilla ve cómo su repertorio y su viabilidad luchan contra la insuficiencia de financiación y audiencia. Ese desajuste no es anecdótico: señala prioridades.
Hay además una razón de fondo por la que tiene sentido centrar la campaña en lo público. El escándalo de los cribados de cáncer de mama no solo constata daño individual irreversible; desnuda las consecuencias de entender la sanidad pública con criterios de empresa: recortes, externalizaciones y la peligrosa deriva de aceptar la lógica de la eficiencia privada en servicios esenciales. Revertir ese proceso exige valentía y honestidad. Y para eso hace falta autocrítica: el propio PSOE debe admitir la herencia de sus primeros pasos en esa misma senda, como los gobiernos autonómicos anteriores y actuaciones que allanaron la privatización de facto.
La crítica de María Jesús Montero a la apuesta por la enseñanza concertada del Gobierno andaluz es, por tanto, oportuna. La creación de una Dirección General para la Enseñanza Concertada, el cierre de líneas en centros públicos ante el descenso de la natalidad y la proliferación de universidades y ciclos privados de Formación Profesional son signos de una opción política que prioriza lo mercantil sobre lo público. Detrás de la cordialidad de determinados gobernantes late una filosofía: la gestión pública como si fuera una empresa.
Andalucía es una tierra de tradiciones múltiples. Bien está celebrar la fiesta, la música y la devoción. Más aún: sería deseable que la región recordase con mayor frecuencia lo mejor de su pasado —la humildad trabajadora, las Cortes de Cádiz, Antonio Machado— y aspirara a una ilustración moderna que prefiera el silencio útil de los carriles bici al bullicio impostado de la charanga y la pandereta.
Defender lo público no es una consigna: es un programa de supervivencia democrática. Y abandonarlo por estrategias identitarias o por la comodidad de lo folclórico sería, una vez más, la rendición ante la mercantilización de lo común. Andalucía puede y debe elegir otra brújula: la del interés general y la memoria cívica, frente al brillo fácil del oportunismo.
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