Nueve meses de humillación: la bandera de EE. UU. en el Zócalo
La ocupación que no solo fue militar sino cultural y política

Redacción · Más España


Hubo un momento en que la plaza mayor de Ciudad de México dejó de ser símbolo de soberanía para convertirse en emblema de una realidad impuesta: la bandera de Estados Unidos ondeada en el Zócalo, a partir del 14 de septiembre de 1847. No fue un gesto ornamental; fue la constatación visible de una ocupación que duró nueve meses.
La guerra entre México y Estados Unidos tenía raíces profundas: la separación de Texas en 1836, su posterior anexión por Washington y la ideología del “Destino Manifiesto” que alentó la expansión norteamericana. Bajo la presidencia de James K. Polk, Estados Unidos movió ficha y, tras un incidente fronterizo en el sur de Texas, justificó la guerra afirmando, en palabras de Polk, que “Sangre estadounidense ha sido derramada en suelo estadounidense”. Llegó un ejército poderoso, comandado en la capital por el general Winfield Scott, y la realidad quedó sellada en el corazón de la república.
La ocupación no fue un simple despliegue militar. En pleno invierno de 1848, el 29 de enero, las autoridades municipales de la ciudad organizaron un banquete en el exconvento del Desierto de los Leones en honor de Scott y sus jefes. El diario de Ethan A. Hitchcock registra la profusión de viandas, vinos y sillas bajo un toldo preparado para más de cincuenta comensales. El episodio, recordado como “el Brindis del Desierto de los Leones”, no solo asombró a los invasores: reveló la profundidad de la coyuntura política y moral en que se debatía México.
¿Por qué algunos mexicanos brindaron con sus ocupantes? Porque la nación recién liberada de la corona española arrastraba divisiones que la debilitaban: liberales radicales y conservadores, poderes militares y eclesiásticos enfrentados, debilidad de identidad nacional. Para ciertos liberales radicales la presencia estadounidense era vista, con asombrosa contención, como una oportunidad para arrebatar espacios al clero y a los mandos militares conservadores; algunos, incluso, contemplaron la anexión como vía para asegurar la implantación del liberalismo.
Esa mezcla de acomodamiento, colaboración y resistencia explica cómo la vida cotidiana de la capital se adaptó a la ocupación. Hubo quien combatió; pero hubo también quienes se acomodaron y colaboraron. El saldo de aquel conflicto sería brutal: la pérdida de vastos territorios del norte, cifra que la crónica recoge como el 55% del territorio nacional, y una herida que marcó la memoria y la política mexicana.
La guerra, además, encendió fantasmas y soluciones de signo opuesto: si parte del liberalismo miró hacia el norte como esperanza, los conservadores, años después, aspiraron a soluciones europeas, llegando a favorecer la intervención francesa y la instauración de una monarquía entre 1861 y 1867. La sustitución de una soberanía por otra, la búsqueda de tutelas extranjeras, son síntomas de una fragilidad que debe leerse con rigor y sin complacencias.
Hoy, al mirar hacia ese episodio, no cabe la indulgencia sin memoria. La bandera izada en el Zócalo fue la expresión más visible de una derrota múltiple: militar, territorial y política. Pero también fue un espejo que mostró las contradicciones internas que facilitaron la ofensiva extranjera. Aprender de aquello exige reconocer las debilidades del pasado para no repetir la tentación de dar la soberanía en bandeja a poderes foráneos ni creer que la conservación del interés nacional puede depender de acomodamientos momentáneos.
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