No volveremos a la Luna por capricho: Artemis avanza con cautela y propósito
La nueva era lunar es técnica y política, no un déjà vu de Apolo

Redacción · Más España


La imagen de Neil Armstrong dando «un pequeño paso para el hombre» sigue en el imaginario colectivo. Fueron 24 astronautas los que, entre 1969 y 1972, volaron hasta nuestro satélite y en aquel contexto de Guerra Fría la llegada a la Luna fue tanto una proeza tecnológica como una victoria política y propagandística.
Hoy, sin embargo, la retórica heroica no basta. La frase atribuida al físico Michio Kaku —que un teléfono móvil moderno tiene más potencia computacional que toda la NASA en 1969— sirve de metáfora perfecta: la tecnología ha evolucionado, pero las circunstancias que rodean una misión tripulada son hoy otras. Artemis II, que partió desde Florida con Reid Wiseman, Christina Koch, Victor J. Glover y Jeremy Hansen, dará una vuelta a la Luna durante 10 días a bordo de la nave Orión y realizará maniobras preparatorias, pero no alunizará. El aterrizaje humano no está previsto hasta, como mínimo, Artemis IV, planeada para 2028; Artemis III figura en los calendarios como la misión que debe preparar el descenso y su lanzamiento está previsto para el año que viene.
¿Por qué tanto ensayo para algo que se logró hace medio siglo? Porque aquella hazaña se financió y justificó en otra época y bajo otros imperativos. En su momento, el gobierno de EE. UU. llegó a destinar cerca del 5% del presupuesto federal a la NASA; en 2026 esa partida rondaba el 0,35%. La política, la financiación predecible y un propósito a largo plazo son requisitos para la exploración sostenible, y la falta de esos tres elementos fue, según expertos citados, una de las causas del final del programa Apolo en 1972.
Artemis no es una mera copia de Apolo: es un proyecto lanzado en 2017 que ya ha involucrado a miles de personas y suma, hasta la fecha, un coste estimado en 93.000 millones de dólares. Incorpora lecciones de programas anteriores —incluso tecnologías retomadas de proyectos cancelados como Constellation— y plantea objetivos distintos: establecer una presencia sostenible en la órbita lunar, construir una estación lunar y preparar las primeras misiones tripuladas a Marte. Por ello las misiones iniciales son pasos metódicos, no desembarcos improvisados.
La historia enseña que sin un compromiso político estable y una financiación predecible la ambición espacial se desvanece o se adapta a opciones más económicas, como ocurrió cuando la atención se desplazó hacia la órbita terrestre baja y la Estación Espacial Internacional. Artemis, por el contrario, exige una acumulación de pruebas, maniobras y plataformas logísticas antes de repetir la épica de 1969 en la superficie lunar.
Que Artemis II no toque la Luna no es una renuncia sino una lectura realista: la potencia computacional ya no es el único espejo en que mirarnos; la pregunta clave es si la sociedad y sus gobernantes sostendrán el proyecto en el tiempo y con recursos suficientes para transformar la vuelta a la Luna en algo más que un símbolo. Esa es la condición necesaria para que, algún día, nuevos nombres ocupen el lugar de Armstrong en la memoria colectiva, no por un acto aislado sino por una presencia sostenida y con sentido estratégico.
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