No fundamos Vox para alimentar un cortijo: la voz incómoda que expulsan
Ortega Smith denuncia la concentración del poder y la eliminación de discrepancias dentro del partido que ayudó a crear

Redacción · Más España


Hay palabras que pesan más cuanto más cercanas son a la experiencia vivida. Javier Ortega Smith, afiliado número seis y otrora mano derecha de quienes fundaron Vox, no pronuncia inventos ni consignas: relata una evolución que él mismo ha visto y sufrido desde dentro.
El todavía portavoz de Vox en el Ayuntamiento de Madrid y ex secretario general denuncia una transformación que arranca, dice, en 2022 y que desemboca en la dinámica actual: expulsiones, expedientes abiertos y la suspensión de libertades internas. No es una metáfora: hay un expediente abierto para expulsarlo de las siglas que impulsó.
La gravedad no está sólo en el castigo físico —la apertura de un expediente—, sino en la pedagogía cotidiana del poder: censuras repetidas, boicots a entrevistas y la anulación de viajes y actos. Eso describe Ortega Smith cuando explica que, antes de su cese formal, ya existían censuras y boicots a su actividad pública.
Y hay nombres: “cuatro” son, según sus palabras, los que manejan todo el partido. Cuatro que, en su diagnóstico, han convertido la organización en un cortijo personal donde quien no aplaude sin fisuras —o que se permite valorar resultados, denunciar prácticas o discrepar mínimamente— pasa a ser objetivo a batir.
No se trata sólo de estilos de dirección; se trata de identidad. Ortega Smith reivindica un Vox que fue concebido “para defender ideas en equipo”, con múltiples voces y caravanas electorales que dieran amplitud al proyecto. Lo que denuncia ahora es el tránsito hacia una organización en la que el protagonismo parece concentrarse, y en la que quienes sobresalen por su trabajo dejaban de ser impulsados para ser apartados.
Cuando en el Comité Ejecutivo Nacional se levantó la mano para pedir evaluación tras las elecciones municipales —recuerda— la respuesta institucional fue de silencio y reproche, negándose a toda autocrítica incluso ante el recuento electoral adverso. Ese cierre al debate, según quien habla desde dentro, es parte del proceso que hoy se aúna con la práctica de apartar a quienes discrepan.
Todo partido que olvida la pluralidad interna y sustituye el debate por la sumisión se expone a la pérdida de su vigor. Ortega Smith no pretende dramatizar sin prueba: evoca hechos concretos, fechas de inicio de la deriva, censuras y la consecuente apertura de un expediente. Son, en sí mismos, señales de que algo esencial —la capacidad de alojar distintas voces en un proyecto común— está en riesgo.
La política no es un teatro de monólogos. Cuando una formación que se creó para izar ideas colectivas se transforma en boutique de confianza, los ciudadanos —y los militantes— pierden. Y cuando la expulsión o el silencio disciplinario se convierten en la regla, lo que queda es un reflejo: el poder que se mira a sí mismo y ya no escucha. Ortega Smith lo dice desde adentro. Es obligación de quienes sostienen la idea pública escucharlo y valorar si ese es el rumbo que desean avalar.
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