No es obstinación: tu reloj biológico manda sobre la hora del ejercicio
Un estudio apunta que madrugar o entrenar por la tarde debe depender de tu cronotipo, no de la moda del gimnasio

Redacción · Más España


La noticia no admite concesiones complacientes: el cuándo del ejercicio importa. Un estudio publicado en la revista Open Heart, referido por BBC Mundo, concluye que sincronizar la actividad física con el reloj biológico aumenta los beneficios sobre la salud cardiovascular. No es una intuición poética: son datos empíricos que exigen lectura y reacción.
Hablamos de un ensayo realizado con 134 personas de entre 40 y 50 años en Pakistán, todas con al menos un factor de riesgo cardiovascular. Durante tres meses, los voluntarios hicieron caminatas rápidas en cinta durante 40 minutos diarios, cinco veces por semana. Setenta fueron clasificados como madrugadores y 64 como noctámbulos. Algunos entrenaron en el horario que les correspondía por cronotipo; otros, no.
Ambos grupos mejoraron su condición física. Pero el hallazgo decisivo es este: quienes adaptaron el ejercicio a su cronotipo obtuvieron beneficios superiores en presión arterial, capacidad aeróbica, marcadores metabólicos y calidad del sueño. Más sueño reparador, cifras de presión más bajas y una glucemia más saludable. Datos concretos que ponen en evidencia la inconsistencia de un único calendario para todos.
La explicación fisiológica no es conjetura: el reloj biológico regula los ritmos de sueño-vigilia, hormonas y energía a lo largo del día, y esos ritmos influyen en el rendimiento y la constancia del entrenamiento. Forzar a una persona nocturna a ejercitarse a primera hora no es valentía, es desconocimiento de la biología y puede incluso aumentar el riesgo cardíaco, advierten los autores.
No es propaganda contra las mañanas ni apología de la comodidad: es aplicar criterio. La llamada ‘solución única’ falla cuando el cuerpo opera con relojes distintos. Por eso los investigadores subrayan que el desajuste entre horarios biológicos y sociales —el llamado “jet lag social”— está asociado a mayor riesgo cardiovascular.
La prudencia científica también se pronuncia: los editores del estudio piden más investigación para confirmar y matizar los hallazgos. Y otros expertos recuerdan una verdad ineludible: lo más importante sigue siendo hacer suficiente ejercicio de forma regular. Las guías del NHS, citadas en el reportaje, recomiendan combinar fortalecimiento muscular al menos dos días por semana con 75 minutos de ejercicio cardiovascular intenso.
El mercado responde al cambio de hábitos. Algunos gimnasios ya abren las 24 horas; profesionales del sector observan que la gente distribuye sus horas de entrenamiento con más flexibilidad y prioriza la constancia sobre la épica de un solo entrenamiento. Además, existe una tendencia creciente hacia el entrenamiento de fuerza entre todas las generaciones, según testimonios recogidos por la crónica.
Las lecciones son claras y exigentes: la política de salud pública y las recomendaciones individuales deben incorporar el reloj humano. Obligar a horarios de entrenamiento sin atender al cronotipo es una política de salón que la evidencia científica desautoriza. Adaptar la actividad al cuerpo —no al folletín del calendario— es la estrategia prudente para mejorar la salud cardiovascular y mantener la constancia.
Queda por delante la necesidad de más estudios y de traducir estos hallazgos en consejos claros y accesibles. Pero si una ciudadanía informada asume que hay «horas para cada persona», ganaremos en salud colectiva. No es comodidad: es eficacia. No es moda: es ciencia aplicada al bienestar.
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