No es la democracia la que llega con bombas: la voz de Irán frente a la guerra y la represión
Dos académicas iraníes rechazan tanto la intervención militar como la violencia del régimen contra su propio pueblo

Redacción · Más España


La retórica presidencial que prometió a los iraníes "la hora de su libertad" llegó desde Washington el mismo día en que bombas y misiles hicieron estragos en territorio iraní. Pero las personas que conocen Irán desde dentro y desde fuera lanzan una advertencia clara: la democracia no se brinda en paquete con explosivos.
Mansoureh Shojaee, activista por los derechos de las mujeres e investigadora en Amsterdam, lo resume sin ambages: no aceptan que la democracia les sea "puesta en la mano con bombas y misiles". Para ella, la historia íntima del pueblo iraní es de lucha contra el totalitarismo y la dictadura, y esa lucha no se sustituye con una intervención militar externa.
Naghmeh Sohrabi, historiadora iraní-estadounidense, aporta el contexto social que precedía a la guerra: protestas masivas a finales de diciembre y enero, la represión interna que, según organizaciones de derechos humanos, dejó al menos 6.480 muertes, y una economía asfixiada que llevaba a sectores de la población "al límite". Esa situación, explica, explicaba el deseo de muchos de ver caer al régimen; pero la guerra, con su destrucción, modifica radicalmente las prioridades: la libertad puede volverse secundaria cuando la prioridad es la vida.
Y la vida está siendo golpeada con crudeza. Organizaciones independientes de derechos humanos y fuentes citadas en la crónica alertan sobre miles de civiles muertos y miles más heridos en los ataques. Entre las víctimas se cuentan niñas y estudiantes alcanzadas por un bombardeo a una escuela la mañana del 28 de febrero, un ataque que, según las autoridades iraníes, dejó decenas de muertos y numerosas heridas, y que Washington dice investigar mientras niega haber atacado infraestructura civil.
La diáspora sufre enmudecida: ambas académicas relatan la imposibilidad de comunicarse con familiares y amigos dentro de Irán desde el inicio de la guerra. Esa desconexión añade angustia a la tragedia: no saber el destino de seres queridos, no poder confirmar noticias, solo recibir el eco de la destrucción.
Hay, en las declaraciones recogidas, una doble condena: rechazo a la represión interna que aplasta manifestaciones y derechos, y rechazo igualmente firme a la idea de que potencias externas puedan resolver con violencia lo que debe resolver la propia nación. No es retórica neutral: es la posición de quienes ven cómo la guerra diluye la capacidad de avanzar hacia cambios internos y, sobre todo, cómo aniquila vidas inocentes.
Si la política internacional pretende hablar de libertad y democracia, debería comenzar por reconocer un dato elemental expuesto por estas voces iraníes: la imposición militar, por muy solemne que se anuncie desde un atril, no se confunde con emancipación. Y mientras las bombas caen, la prioridad para millones deja de ser la promesa de un régimen distinto y pasa a ser, trágicamente, la supervivencia de sus hijos.
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