Mujer, arma y frontera: el batallón kurdo que desafía al régimen iraní
Un contingente femenino alojado en cuevas del Kurdistán iraquí se entrena mientras crecen las tensiones en la región

Redacción · Más España


La imagen es poderosa y acaso incontrovertible: mujeres que han hecho de la clandestinidad su hogar, túneles que no son solo refugio sino academia de guerra, y la decidida convicción de quienes afirman no tener otra salida. La BBC ha entrado —tras días de espera y negociación— en los recovecos subterráneos donde se ocultan combatientes kurdas iraníes en el norte de Irak. Lo que encontró es un batallón compuesto exclusivamente por mujeres, con decenas de combatientes entrenando desde antes del reciente estallido de violencia entre Estados Unidos, Israel e Irán.
No es melodrama: son hechos. El grupo, vinculado al Partido de la Vida Libre del Kurdistán (PJAK), opera desde profundas cuevas y túneles que sirven de base, depósitos y red de comunicaciones secreta. Allí se entrenan en francotirador, manejo de drones, realizan ejercicios militares y sesiones ideológicas; allí reciben revisiones médicas previas a un eventual despliegue hacia la frontera. El PJAK mantiene en reserva el número exacto de sus militantes, pero la BBC registra que alrededor de 60, en su mayoría mujeres, han venido preparando su retorno al terreno iraní.
Las voces que emergen de esas cavernas no son retóricas gratuitas. Aryen, de 21 años, explica que tomó las armas por la opresión y discriminación que sufrió como mujer kurda en Irán. Bigen, apenas 18, relata que participó en las protestas y prefirió la revolución armada antes que las limitaciones sociales y la violencia doméstica. Gelawej Ewrin, de 40 años, quien dejó su hogar siendo joven y lleva media vida en estas montañas, sostiene que las protestas de 2022 —el movimiento "Mujer, Vida, Libertad" tras la muerte de Mahsa Amini— ya habían minado al régimen iraní y alimentado la esperanza de resistir.
Estos hechos se inscriben en un mapa más amplio de tensión. Tras bombardeos estadounidenses e israelíes contra objetivos iraníes, crecen las especulaciones sobre grupos kurdos iraníes con base en Irak que podrían cruzar la frontera. Irán, por su parte, lanzó una ofensiva contra diversos grupos kurdos y sufrió bajas en sus filas. En ese clima, el presidente Donald Trump ofreció declaraciones contradictorias: en una entrevista con Reuters, el 5 de marzo, declaró apoyar una ofensiva kurda en Irán; dos días después, el 7 de marzo, afirmó no querer tropas kurdas en territorio iraní para evitar complicar la guerra.
No hay certezas sobre un cruce inminente, pero los elementos presentes —bases escondidas, combatientes entrenadas, voluntad declarada por algunas militantes y la dinámica regional de ataques y represalias— configuran una realidad volátil. En ese escenario, las mujeres del PJAK no son mero aditamento: son núcleo activo de un proyecto que mezcla reivindicación de identidad, memoria de represión y disposición a la lucha armada.
Que se tenga noticia de estas combatientes obliga a una reflexión elemental: cuando la represión y la falta de alternativas empujan a jóvenes a dejar familia y estudios para entrenarse en cuevas, no se trata solo de táctica militar sino de un síntoma político profundo. No es ornamental ni anecdótico: son mujeres que reclaman con las armas lo que en otros caminos les fue negado. La región, y quienes observamos, debemos tomar nota de este dato objetivo antes de convertir la especulación en tragedia.
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No es contradicción: son hechos. Entre el 27 de febrero y el 5 de marzo se registraron decenas de movimientos desde las bases de Rota y Morón que conectaron con nodos europeos usados en la campaña contra Irán.