Moreno: moderación en campaña y gesto de Estado entre imitaciones
El presidente andaluz afina su perfil centrado en El Hormiguero sin renunciar a la firmeza política

Redacción · Más España


Ha vuelto la calma, pero no la tibieza. Juan Manuel Moreno, tras la sacudida de la crisis de los cribados y las tragedias ferroviarias que conmocionaron a Andalucía, ha recuperado compostura y mando. No se trata solo de aparecer relajado en un plató de entretenimiento; es el gesto calculado de un presidente que sabe que la imagen presidencial no se improvisa y que la política, muchas veces, se escribe con el tono.
En El Hormiguero desplegó esa mezcla de cercanía y estrategia que buscan los líderes cuando consolidan su eje: imitaciones memorables —Aznar y Rajoy—, anécdotas personales y, sobre todo, mensajes políticos precisos. No es frivolidad: la parodia y la sonrisa sirven para sostener un relato de moderación que pretende atraer al votante desencantado de la izquierda y contener el ímpetu de la extrema derecha.
Porque ahí está el nudo: Vox. Moreno no se esconde ni elude la realidad que le dictan las encuestas; actúa. Subraya que una minoría no puede arrastrar a un partido central hacia sus posiciones sin que se pierda la esencia. Es una afirmación rotunda, un recordatorio a quienes buscan normalizar lo marginal y a los electorados que valoran la estabilidad por encima del ruido.
Al mismo tiempo, dibuja la divergencia interna dentro del propio PP como virtud y no como fractura. Frente a la sensibilidad de Isabel Díaz Ayuso, Moreno proclama la defensa de la pluralidad interna: «A veces tenemos visiones distintas sobre un mismo problema», dijo. Es un mensaje dirigido tanto a su partido como al electorado: la unidad no puede confundirse con la uniformidad.
No eludió los capítulos más ásperos. Reconoció el «error imperdonable» en la comunicación sobre los cribados y aseguró que el sistema ha sido reforzado. Rememoró, con la emoción contenida y la voz quebrada, el impacto personal que le causaron las imágenes del accidente de Adamuz y el tren de borrascas, hasta confesar que buscó ayuda psicológica. Son confesiones que humanizan y que, al mismo tiempo, hablan de responsabilidad ejecutiva.
En la campaña que empieza a perfilarse, Moreno también lanzó cuchillos de opinión contra la estrategia del Gobierno central. Cuestionó la gestión y las prioridades del presidente Pedro Sánchez, y no rehuyó desafiarle sobre la coincidencia de comicios. No prometió fórmulas mágicas para frenar la extrema derecha —«nadie se pone de acuerdo», reconoció—, pero dejó claro su planteamiento: no vivir con el espejo retrovisor puesto permanentemente en lo que haga Vox.
Finalmente, hubo guiños domésticos: un gesto paternal sobre su hijo y las redes sociales; una promesa de volver para una imitación de Sánchez que no llegó; y la reafirmación de que las elecciones andaluzas serán en junio, «cuando pase la Semana Santa, la Feria de Sevilla, otras ferias de las provincias y romerías». Son precisiones de un líder que equilibra espectáculo y solemnidad, humor y responsabilidad.
Así, Moreno afianza un relato: moderación como acto de gobierno, firmeza como estrategia electoral. Quién gane la batalla del centro dependerá, en buena medida, de la capacidad de transmitir que gobernar es alternar la mano firme con la palabra mesurada, y que la política seria no se improvisa detrás de un titular sino en la constancia de las decisiones.
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