Montero: la vicetodo que deja La Moncloa y reta a Andalucía
De ministra de Hacienda y número dos del Gobierno a probable jefa de la oposición andaluza

Redacción · Más España


María Jesús Montero se marcha de La Moncloa con la peculiar mezcla de autoridad técnica y músculo político que solo la experiencia a pulso confiere. Médico de formación, política de vocación; llegada desde el Gobierno de Susana Díaz, no nació ni vivió como sanchista, y sin embargo se convirtió en la sombra y en la mano derecha del presidente. Así se construyen las carreras singulares: no por filiación, sino por capacidad para imponer ritmo, responsabilidad y resultados.
Es significativo y no es casual que el Consejo de Ministros, incluidos los cinco miembros de Sumar con los que las disputas fueron manifiestas, aplaudiera emocionado su despedida. La ministra de Hacienda es, por esencia, la del “no”: la que frena, la que regula las ansias de gasto, la que paraliza proyectos cuando toca. Lograr afecto colectivo desde esa posición exige algo más que técnica: exige respeto, autoridad y una negociación constante. Montero lo consiguió: negociadora jefa con Félix Bolaños, número dos del partido y voz en la sombra ante la prensa, persona de confianza del presidente Sánchez hasta el punto de que, al nombrar a sus sucesores, él la definió como “la mejor política” que ha conocido.
Su gestión económica se escribe en contexto de tormenta: pandemia, guerra en Ucrania, crisis inflacionista y la urgencia de canalizar fondos europeos de recuperación. Fue la capitana de unas cuentas públicas que tuvieron que encarar un ascenso meteórico del déficit durante la crisis sanitaria y, después, buscar el equilibrio entre ingresos y gastos. Los datos cerrados de 2025 aún no están completos, pero todo indica que el déficit rondó el objetivo del 2,5% del PIB y que la ratio de deuda ha ido reduciéndose desde los picos pandémicos.
En materia tributaria dejó una huella programática clara: una política fiscal orientada a aumentar la progresividad. Bajo su mandato llegaron medidas que endurecen la presión fiscal sobre las rentas más altas y ciertos sectores: impuesto de solidaridad sobre grandes fortunas, gravámenes extraordinarios a banca y energéticas, nuevos impuestos verdes, ajustes en el impuesto de sociedades o la tasa digital. Al mismo tiempo, el ministerio defiende que ha impulsado las mayores rebajas fiscales para las rentas bajas mediante la ampliación de deducciones por rendimientos del trabajo y la adecuación del IRPF al salario mínimo interprofesional. El resultado práctico, según las cifras aportadas por Hacienda, es una recaudación que superará ampliamente los 300.000 millones de euros en 2025, una cifra relevante para el sostenimiento del Estado.
Pero el relato no está exento de manchas. El gran borrón político de su etapa ha sido la imposibilidad de aprobar nuevos Presupuestos Generales en la segunda legislatura; fracaso que la aritmética parlamentaria hizo más cruel y que deja una asignatura pendiente en su hoja de ruta. También fue objeto de críticas la decisión de no deflactar la tarifa del IRPF frente a una inflación inusitada, una medida que muchos señalaron como una fuente de malestar fiscal para contribuyentes en tramos medios.
Y llega ahora la apuesta arriesgada: volver a Andalucía en el momento cumbre de su carrera, para asumir —probablemente— la jefatura de la oposición regional cuando el PP de Juanma Moreno exhibe su mayor fortaleza. Dejar un puesto de máximo poder por debajo del presidente para encarar una batalla regional que pinta dura es, a todas luces, un movimiento de alta política. Se retira de sus responsabilidades ministeriales con agradecimientos públicos al presidente —palabras que ella misma hizo públicas en su cuenta— y con el reconocimiento de quienes han compartido despacho y teléfono a cualquier hora.
España no carece de necesidad de liderazgo que combine conocimiento técnico y temple político. Montero lo ha ejercido en Hacienda en tiempos difíciles: con aciertos macroeconómicos reconocibles y con fallos estratégicos que la memoria política sabrá ponderar. Ahora la prueba será territorial: transformar ese capital acumulado en la centralidad de una oposición eficaz, o resignarlo en la nostalgia de una etapa que, pese a todo, algunos en el Gobierno ya han proclamado difícil de sustituir.
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