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Marlon: la sombra que explotó la Vía Panamericana

El cabecilla disidente señalado por Petro tras la masacre que dejó 20 muertos en Colombia

Redacción Más España

Redacción · Más España

28 de abril de 2026 3 min de lectura
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Hay momentos en que la violencia se deja ver con la crudeza de quien rompe el silencio de la carretera: un cilindro, una explosión, cuerpos y un cráter en el pavimento. El pasado sábado, entre Cali y Popayán, la Vía Panamericana se convirtió en testigo de la mayor masacre reciente: 20 muertos —quince mujeres y cinco hombres— y decenas de heridos. Imágenes que nadie querría repetir y que la nación no puede soslayar.

El presidente Gustavo Petro señaló con nombre propio a quien, según la inteligencia, ordenó o dirigió el atentado: alias Marlon. Detrás del alias está Iván Jacobo Idrobo Arredondo, identificado por las autoridades como cabecilla de la estructura Jaime Martínez, parte del Estado Mayor Central (EMC), una de las disidencias surgidas tras la fractura de las FARC. El Ministerio de Defensa puso sobre la mesa una cifra que no admite tibiezas: 5.000 millones de pesos colombianos, alrededor de 1,4 millones de dólares, por información sobre su paradero.

La trayectoria que recoge la investigación no es la de un súbito emergente: Marlon, capturado en 2013 en una emboscada a la policía y acusado también del homicidio de un periodista, fue incorporado al proceso de paz y liberado en 2017 con la condición de participar en él. Sin embargo, a finales de ese mismo año volvió a tomar las armas, integrándose al Cauca y reasumiendo viejas rutas de violencia. En 2022, tras la muerte de su superior, ascendió a comandante de la Jaime Martínez y —según analistas de la Fundación Ideas para la Paz— se le atribuye la dinamización de numerosos ataques contra la fuerza pública y el mando de más de 500 combatientes.

El Estado Mayor Central, la estructura mayor a la que pertenece la Jaime Martínez, tiene al frente a Néstor Gregorio Vera Fernández, alias Iván Mordisco, otro objetivo prioritario para las autoridades. Las disidencias que integran ese entramado han crecido en 2025, según la FIP, pasando de 3.279 a 4.019 integrantes en un año, mientras que los reportes señalan que los grupos armados en Colombia incorporaron unos 5.000 nuevos reclutas y alcanzaron unos 27.000 efectivos en total. Esa expansión geográfica y numérica explica la capacidad de daño y la multiplicidad de frentes en los que operan.

El repertorio delictivo que el Ministerio de Defensa endilga a Marlon y su estructura no es menor: terrorismo, reclutamiento de menores, secuestro, narcotráfico, homicidio y extorsión. Son palabras que resumen prácticas letales y rentables; son, a la vez, la clave de la lógica de control territorial que estos grupos han retomado tras la ruptura del acuerdo de 2016.

No faltan quienes, con prudencia analítica, relativizan la centralidad de un solo cabecilla: Laura Bonilla, subdirectora de la Fundación Pares, apunta que la captura o eliminación de un líder suele dar paso a la aparición de otros. La recomposición es compleja; las estructuras se ramifican y reproducen. Es una verdad dolorosa: detener a uno no basta si no se actúa sobre la red que lo alimenta, sobre los mecanismos del reclutamiento y las economías ilícitas que sostienen la guerra.

Colombia enfrenta hoy una doble urgencia: esclarecer y sancionar el atentado que dejó 20 muertos, y abordar la raíz de la violencia que permite que disidencias con capacidad de daño consoliden frentes en múltiples departamentos —desde el sur hasta la frontera con Brasil, Perú y Ecuador—. El ofrecimiento de recompensa y la identificación pública son pasos, pero la historia demuestra que la eficacia exige estrategia integral: inteligencia, control territorial, acción judicial y políticas que reduzcan la capacidad de reclutamiento y financiación de estos grupos.

No puede haber neutralidad frente a la barbarie que golpea carreteras y vidas. Señalar a Marlon es necesario; entender y bloquear las rutas que permiten su acción lo es aún más. No se trata sólo de perseguir nombres: se trata de neutralizar la máquina que fabrica violencia y desestabilización, para que la Vía Panamericana vuelva a ser lo que debe ser: una arteria de conexión, no un escenario de muerte.

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