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Líbano en llamas: el teatro de una guerra que expone fracturas

Los ataques recientes vuelven a poner al país como escenario colateral y revelan su profunda división política y social

Redacción Más España

Redacción · Más España

18 de marzo de 2026 3 min de lectura
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Líbano en llamas: el teatro de una guerra que expone fracturas
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Hay conflictos que se declaran en titulares y hay países que quedan señalados en los márgenes de esos choques mayores. Líbano hoy pertenece a la segunda categoría: escenario secundario, peón castigado, territorio donde se proyectan las grandes rivalidades entre Estados y milicias.

Dos días después del primer ataque a Irán, Hezbolá disparó misiles contra Haifa. Israel respondió con un amplio ataque aéreo y, según el propio comunicado de las Fuerzas de Defensa de Israel, ha iniciado "operaciones terrestres limitadas y selectivas" contra bastiones de Hezbolá en el sur del Líbano. Es la correspondencia inevitable entre acción y represalia, pero también la demostración de que las fronteras libanesas ya no bastan para contener la disputa: se ha transformado en un polvorín que quema civiles, infraestructuras y la frágil convivencia interna.

Los números, cuando la retórica no alcanza, hablan con crudeza: más de 800 muertos y más de 1.500 heridos, según el Ministerio de Salud del Líbano; más de 800.000 personas desplazadas, según la Organización Internacional para las Migraciones de la ONU. Es la cartografía del sufrimiento y la señal de que la guerra no es ya una abstracción regional sino una realidad tangible en los pueblos y en las ciudades del país.

Que Hezbolá —partido político y milicia chiita respaldada por Irán— se atribuya la represalia por el asesinato del líder supremo de Irán y por los continuos ataques israelíes, y que Israel acuse al grupo de rearmarse y reconstruir su presencia, compone un relato de mutualidad agresiva. Pero bajo esa coreografía de poderes hay una realidad interna mucho más antigua y enmarañada: comunidades religiosas y políticas enfrentadas, traumas históricos y una Estado fraccionado que no logra monopolizar la violencia.

En noviembre de 2024, un alto el fuego mediado por Estados Unidos y Francia puso un parche tras un nuevo episodio de hostilidades que se abrió tras la incursión de Hamás el 7 de octubre de 2023. Ese acuerdo no ha aguantado. Desde principios de marzo los ataques se han intensificado y ampliado geográficamente: Dahiye, al sur de Beirut, y el sur del país han sido objetivos primarios, pero la violencia no se limita a unos pocos mapas.

El presidente Joseph Aoun ha pedido negociaciones directas con Israel como vía para frenar el avance del conflicto y ha culapizado a Hezbolá por arrastrar al Líbano a una guerra regional. El Líbano, ha dicho su portavoz, está dispuesto a negociar, pero no mientras el país permanezca bajo fuego. Israel, por su parte, ha mostrado pocas señales de respaldar esas negociaciones, según los reportes.

La descripción desde Beirut no escatima en gravedad: corresponsales y analistas califican la situación de "muy peligrosa" en lo militar y "muy densa" en lo político. Y es que un país pequeño, con una composición sectaria tan compleja —chiitas y sunitas, cristianos y drusos—, y con la presencia política y militar de un actor armado que opera al margen del Estado, no puede sino ver acentuadas sus divisiones cuando estalla la violencia externa.

No hay en estos hechos soluciones sencillas ni atajos. Hay, en cambio, consecuencias palpables: muertos, heridos, desplazados, y una polarización que se alimenta de cada ataque y de cada silencio. El presente libanés es la prueba —desgarradora y evidente— de que las guerras lejanas no son nunca ajenas y de que, cuando la política interna se mezcla con las rivalidades regionales, los ciudadanos serán siempre quienes paguen el precio más alto.

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