Las 'Siete Hermanas': el oligopolio que marcó el petróleo y dejó huella en Venezuela
Cómo un puñado de petroleras fijó precios, producción y destino de recursos ajenos

Redacción · Más España


Siete nombres —Standard Oil of New Jersey (Esso), Anglo Iranian Oil Company (AIOC, hoy BP), Standard Oil of New York (Socony), Gulf Oil, Standard Oil of California (Socal), Texaco y Royal Dutch Shell— no son mera lista histórica. Fueron la encarnación de un poder concentrado que, durante buena parte del siglo XX, condicionó la vida económica de millones de personas y la soberanía de naciones productoras.
Enrico Mattei, jefe de la petrolera italiana ENI, no usó el apelativo "Siete Hermanas" por coquetería literaria sino como denuncia: un oligopolio que monopolizaba la producción de petróleo fuera de Estados Unidos y la Unión Soviética. La metáfora clásica —las Pléyades transformadas en estrellas— oculta, en su uso peyorativo, una realidad menos poética y más dura: empresas que acordaban, influían y decretaban.
No fueron compañías aisladas. Muchas nacieron por la división de la Standard Oil tras la sentencia antitrust de 1911 en Estados Unidos; otras eran originarias de Europa. En Venezuela, esas empresas operaron bajo nombres locales —la filial de Standard Oil of New Jersey fue Creole Petroleum Corporation; la de Gulf Oil, Mene Grande— y tuvieron concesiones que les permitieron decidir tecnología, cantidades a producir y precios de venta, según historiadores expertos.
La foto no es modesta: en 1970, según David Yergin, las "Siete Hermanas" producían alrededor del 80% del petróleo vendido en el mundo (excluyendo EE. UU. y la URSS) y controlaban el 85% de las reservas. Concesiones en Venezuela, en los países del Golfo, Libia e Indonesia les conferían una capacidad de influencia que trascendía las fronteras y debilitaba la autonomía fiscal y regulatoria de los Estados anfitriones.
El cartel se fraguó también en encuentros discretos. A finales de agosto de 1928, en el castillo de Achnacarry (Escocia), directivos de Shell, Standard Oil of New Jersey y Anglo-Persian se reunieron oficialmente para una cacería; extraoficialmente, tejieron acuerdos que afianzaron comportamientos cartelizados entre las grandes petroleras.
El legado es mixto: por un lado, impulso técnico y expansión industrial; por otro, concentraciones de poder que limitaron decisiones soberanas y dejaron en evidencia la asimetría entre intereses corporativos y bienestar nacional. En Venezuela, ese capítulo forma parte de la génesis de una industria que procedió de la operación prolongada de transnacionales bajo denominaciones foráneas pero con efecto directo en el tejido económico local.
No se trata de nostalgia ni de simple curiosidad histórica. Es el recordatorio de cómo la organización de mercados y la concentración empresarial pueden condicionar la capacidad de los países para decidir sobre sus recursos. Conocer esos hechos es requisito mínimo para no repetir fórmulas que sustituyan la soberanía por conveniencias ajenas.
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