La voz lúcida que exige teatro y memoria frente al ruido del odio
Aurora Luque reclama educación pública, asignatura de Teatro y denuncia el viraje de algunos hacia la ultraderecha

Redacción · Más España


Aurora Luque habla con la contundencia serena de quien ha hecho de la cultura una disciplina de vida. Poeta almeriense, traductora de Safo, con premios que avalan su trayectoria —entre ellos el Premio Meridiana en 1997 y el Premio Nacional de Poesía en 2022—, ofrece un diagnóstico tajante: la política andaluza está marcada por discursos de exclusión que avergüenzan y por una arena mediática donde prosperan bulos y odio.
No es consigna, es constatación. Luque confiesa que sigue la campaña a través de titulares, opinión y un debate en RTVE, y se permite asomarse, por «masoquismo», a ciertos pseudodebates televisivos. Esa mirada crítica le permite afirmar sin ambages que hay una aceptación perturbadora de discursos de odio «de pura estirpe nazi». La frase no es ornamental: denuncia una normalización que hiere el tejido democrático.
De su análisis brota una preocupación central: la educación. Luque advierte sobre la privatización del espacio escolar, la depauperación de las universidades públicas y una indiferencia colectiva ante la crisis educativa. No es nostalgia: es alarma. Porque, subraya, la cultura vive con autonomía, pero para que lo haga es imprescindible cuidar la educación que la hace posible.
De ahí su propuesta concreta y pedagógica: la obligatoriedad de la asignatura de Teatro en primaria y secundaria. El teatro, dice, forma; desarrolla habilidades sociales, riqueza verbal, empatía, cultura literaria e imaginación. Es, en su mirada, una vacuna formativa contra la inercia de la ignorancia.
Luque traslada ese marco educativo al ámbito doméstico y social. Confiesa conversar sobre política con su entorno: observa con desolación cómo varios amigos varones, también escritores, «se escoran peligrosamente hacia presupuestos de ultraderecha». Junto a esa constatación amarga, ofrece un consuelo: la mayoría de las mujeres que conoce «mantienen la sensatez, el sentido de la historia y la vocación europeísta y humanista». Es un paralelismo que apunta a tensiones reales en el mapa social del debate público.
Preocupada por la juventud, Luque liga el desencanto juvenil no solo a la agresividad de las campañas digitales de la ultraderecha, sino a carencias escolares: la rebaja del nivel de exigencia y la renuncia a la memoria como instrumento de conocimiento. Su admonición es clara y rotunda: sin ideas, datos y hechos incorporados —«en el disco duro de tu mente», dice— no se construye pensamiento crítico; se instaura la falsa idea de que «todos los datos están en Google». Una observación que obliga a repensar los cimientos de la formación intelectual.
No se trata de un alegato elitista, sino de una petición de urgencia republicana: educación pública robusta, memoria enseñada con rigor y arte dramático como herramienta formativa. Frente al ruido y la desmemoria, Luque ofrece una receta que bebe de la tradición y de la imaginación mediterránea: más teatro, más historia, más exigencia. Y menos permisividad con el odio que hoy se hace cotidiano.
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