La trifulca parlamentaria: Vox blande el anatema sobre el aborto
Un debate sobre el derecho a decidir convertido en farsa de trincheras y consignas

Redacción · Más España


Vimos en el Congreso un episodio que resume la fractura de nuestra vida pública: por un lado, la ministra de Igualdad, Ana Redondo, desplegando datos precisos y apelando al sentido del futuro al reivindicar "el orgullo de estar a la altura de las mujeres de este país" y el derecho a decidir; por otro, la extrema derecha, representada por Joaquín Robles López, colocando el músculo retórico por delante del argumento.
Robles López, diputado de Vox, tomó la tribuna y alternó una densa trama jurídica con invectivas que ofendieron a la mayoría de las mujeres, al tiempo que llamó a estudiar "una ley de supuestos" y lanzó expresiones que abonan la estética del choque: "Aquí les espero picando el mortero". No rehuyó la exageración política y llegó a afirmar que "Los socialistas son socios de Hamás"; en la misma intervención mezcló también críticas a la regularización de inmigrantes.
La reacción en bloque a la derecha no se limitó a Vox. La diputada del PP Silvia Franco, aun siendo mujer y señalando la asunción por parte de su formación de la norma, eligió la senda crítica trazada por Abascal y calificó la reforma constituyente como "un brindis al sol que no blinda nada". El hemiciclo comprimió, de este modo, una fraternidad en rama entre conservadores y ultras que nadie parece capaz de desatar por completo.
Enfrente, algunos socios de Gobierno manifestaron dudas sobre la forma de blindar constitucionalmente el derecho; Ione Belarra, por su parte, tuvo un momento contundente al clamar: "¡Saquen sus sucias manos de nuestro cuerpo y de nuestros derechos!", poniendo el foco en lo que está en juego para las mujeres: que no se les reduzca a incubadoras ni se les niegue la autonomía sobre su propio cuerpo.
El debate mostró, sin ornamentos, que seguimos dando vueltas a algo elemental en el primer cuarto del siglo XXI: el derecho de las mujeres a decidir. Que ese derecho se convierta en moneda de cambio de estrategias políticas, en arma arrojadiza de consignas y en campo de batalla para epopeyas identitarias, es la constatación más triste que dejó la sesión.
Que se hable de blindajes constitucionales no es baladí; que la discusión derive en letanías conspirativas y en metáforas bélicas lo es aún menos. Si lo que está en juego es el derecho a decidir, la conversación debería centrarse en proteger ese derecho y en evitar el regreso a escenas de clandestinidad y peligro para las mujeres. A ese objetivo apeló Ana Redondo; a esa responsabilidad convendría que apeláramos todos, ahora que la palabra pública se ha vuelto, una vez más, campo de combate.
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