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La trampa de Tucídides: la advertencia que Xi le lanzó a Trump en Pekín

Un concepto milenario que resume los temores ante el choque entre la potencia emergente y la hegemónica

Redacción Más España

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15 de mayo de 2026 2 min de lectura
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La trampa de Tucídides: la advertencia que Xi le lanzó a Trump en Pekín
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Xi Jinping mencionó frente a Donald Trump la llamada “trampa de Tucídides” durante una cumbre bilateral en Pekín. No fue una invocación erudita al azar: apareció en el epicentro de una relación que ya acumula disputas comerciales, competencia tecnológica y crecientes tensiones en torno a Taiwán.

La expresión remite a la historia antigua: Tucídides describió cómo el ascenso de Atenas y el temor que provocó en Esparta desembocaron en la guerra del Peloponeso. Es, en esencia, la formulación clásica del peligro que surge cuando una potencia emergente desafía a la establecida. Xi la utilizó deliberadamente ante Trump, como quien recuerda que la historia no perdona la desatención de los equilibrios de poder.

No es una metáfora neutra. Desde hace más de una década la idea ha ganado peso en universidades y centros estratégicos porque el ascenso de China —económico, tecnológico y militar— ha transformado el tablero global con una velocidad inusual. Y en el escenario Asia-Pacífico ya se detectan fricciones militares crecientes entre ambas potencias y sus aliados.

Sin embargo, la trampa de Tucídides no proclama un destino inevitable; funciona como advertencia. Un estudio de Harvard que recoge 16 casos en los últimos 500 años señala que en 12 de ellos el ascenso de un poder terminó en guerra, pero también identifica cuatro excepciones donde se evitó el conflicto —uno de esos episodios fue la intervención papal y el Tratado de Tordesillas entre España y Portugal—. La lección es doble: el riesgo existe y la historia ofrece caminos para esquivarlo.

Cuando un líder evoca esta trampa cara a cara con su homólogo, no solo describe un patrón académico; plantea una exigencia política y estratégica. La rivalidad por la influencia global, el comercio y la tecnología, y las tensiones en torno a Taiwán colocan a Washington y Pekín en un cruce de caminos. La pregunta que Xi formuló en Pekín —si ambas potencias lograrán evitar el choque— interpela a la prudencia y a la responsabilidad de quienes manejan el poder.

Recordar a Tucídides no es caer en el fatalismo, sino subrayar la responsabilidad de evitar los atajos que la competición por la preeminencia suele ofrecer: escaladas militares, decisiones impulsivas y errores de cálculo. La historia contiene advertencias y precedentes; la política exige respuestas capaces de traducirlas en acuerdos, equilibrios y diplomacia firme.

La cumbre en Pekín, en la que se amalgamaron reproches y gestos, dejó en el aire esa pregunta. Que haya sido pronunciada por Xi frente a Trump es un signo elocuente: la rivalidad entre China y Estados Unidos ya no es un tema teórico para los académicos, es una realidad que requiere decisiones sobrias para que la trampa de hace 2.500 años no acabe repitiéndose en el siglo XXI.

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