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La profanación que no admite complacencias

Una imagen, un símbolo herido y la respuesta internacional que exige consecuencias

Redacción Más España

Redacción · Más España

21 de abril de 2026 2 min de lectura
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La profanación que no admite complacencias
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La imagen circuló como una daga visual: un soldado de las Fuerzas de Defensa de Israel golpeando con un mazo una figura de Jesucristo en el sur del Líbano. No es un gesto aislado en el vacío: es un insulto a la dignidad religiosa y una afrenta que socava cualquier relato de civismo que se quiera imponer entre el estruendo de la guerra.

Los vecinos de Debel y el sacerdote Fadi Flaifel han hablado sin ambages: la cruz era el símbolo sagrado frente a una casa de una familia atrapada en los combates. Flaifel rechazó “totalmente la profanación de la cruz” y recordó que hechos parecidos ya habían ocurrido. No se trata solo de una imagen para la galería; es una pieza más en la narrativa de quienes sufren la violencia cotidiana.

La reacción de las autoridades israelíes fue inmediata en palabras: el primer ministro Benjamín Netanyahu se dijo “atónito y entristecido” y prometió medidas "severas"; las FDI abrieron una investigación penal y aseguraron que la conducta del soldado “es totalmente incompatible con los valores” que se esperan de sus tropas. Promesas necesarias, sí; pero promesas que deben traducirse en responsabilidades claras y públicas, sin circunloquios ni tibiezas.

La condena no se limitó a Líbano o a Jerusalén. Figuras públicas conservadoras de Estados Unidos —entre ellas Matt Gaetz y Marjorie Taylor Greene— compartieron la imagen con rechazo. El embajador estadounidense en Israel, Mike Huckabee, pidió "consecuencias rápidas, severas y públicas". No es mera retórica diplomática: cuando la política exterior y la asistencia militar se mezclan con actos que lesionan símbolos religiosos, la respuesta internacional tiene que ser proporcional y transparente.

Este episodio llega en un contexto que no admite complacencias: encendidas acusaciones mutuas entre las FDI y Hezbolá, miles de militares israelíes ocupando territorio en el sur del Líbano tras un alto el fuego mediado por Estados Unidos, y una sensación de creciente fractura interreligiosa documentada por organizaciones que siguen las relaciones en Tierra Santa. El custodio de las llaves del Santo Sepulcro advirtió que no es un incidente aislado, sino una violación de una santidad que “trasciende la piedra y la madera”.

Hay, además, una lectora política en el interior de esta indignación: las encuestas indican un descenso en el apoyo a Israel dentro de Estados Unidos —un sondeo del Pew Research Center mostró que el 60% de los estadounidenses tenía una opinión desfavorable de Israel, frente al 53% del año anterior—. No es un dato menor: la percepción pública importa cuando se discuten alianzas, ayuda y legitimidad.

Exigir sanciones no es ponerse del lado de nadie en la guerra; es defender la civilidad que protege la libertad de culto y la reputación de las instituciones armadas. Que se investigue y que se actúe con la firmeza que merecen las heridas simbólicas. Porque la tolerancia con la profanación no es prudencia: es complicidad.

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