La luz que viene de la creación: ¿qué nos revela y qué no se apaga?
Sobre la radiación más antigua que podemos ver y el récord de las galaxias primordiales

Redacción · Más España


Hay afirmaciones que, por repetidas, terminan perdiendo filo. Decir que los astrónomos ven luz que viajó miles de millones de años es una de ellas. Si volvemos a mirarla con atención, la maravilla se restaura: un año luz no es una metáfora, son 9,46 billones de kilómetros; la distancia se vuelve un testimonio del tiempo recorrido.
La radiación más antigua y ubicua que tenemos es el fondo cósmico de microondas. Emitida cuando el universo tenía en torno a 300.000 años —tras la llamada recombinación, cuando protones y electrones formaron átomos y el cosmos se hizo transparente—, esa radiación ha viajado hasta nosotros durante cerca de 13.000 millones de años. Es, en palabras sencillas, la huella térmica de la creación: el eco que quedó cuando la niebla primordial se disipó.
Si preguntamos por objetos individuales la respuesta cambia de registro. Estrellas como HD 140283 —la llamada “Estrella de Matusalén”— pueden ser casi tan antiguas como el propio universo en términos de su formación. Pero su luz no viaja desde los orígenes: situada a unos 190 años luz, la vemos tal como era hace apenas 190 años. La antigüedad intrínseca de un astro y la antigüedad cosmológica de su luz son dos cosas distintas.
Los récords, por tanto, los ostentan galaxias extremadamente distantes: JADES-GS-z14-0 es uno de los objetos individuales cuya luz partió cuando el universo tenía apenas unos cientos de millones de años, lo que equivale a más de 13.400 millones de años de viaje hasta nosotros. Son señales emitidas en una era en que la estructura cósmica empezaba a tomar forma; son fósiles de fotones que nos cuentan, sin alegorías, cómo se gestó todo.
¿Será esa luz eterna? La respuesta requiere cuidado: la radiación cosmológica sigue ahí, pero su observabilidad cambia. La luz viaja, se estira con la expansión del universo y su energía se diluye; lo que hoy detectamos como microondas fue en su origen una radiación muy más energética. Decir que la luz “se apaga” es simplificar: lo que sucede es que su longitud de onda crece y su señal puede volverse indetectable para nuestros instrumentos futuras, aunque los fotones sigan existiendo.
Desde la modesta puntualidad de los ocho minutos que tarda la luz solar hasta la altivez de fotones que han recorrido más de trece mil millones de años, cada rayo que nos alcanza es un mensaje. Nos implora que midamos, que entendamos y que no confundamos antigüedad física con antigüedad observacional. En esa distinción penden muchas de nuestras preguntas cosmológicas, y en esa claridad debemos sostener el discurso científico: firme, riguroso y honesto con los hechos.
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