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La izquierda que prometieron y nunca construyeron

Tres años de Sumar: brillo fugaz, vacío durable

Redacción Más España

Redacción · Más España

2 de abril de 2026 3 min de lectura
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La izquierda que prometieron y nunca construyeron
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Hubo un día de luces y focos, de aplausos medidos y famosos alineados: Colau, Urtasun, Albiach, Asens, Subirats; nombres de las marquesinas de la izquierda que se acercaron a arropar la puesta de largo de Yolanda Díaz. Se habló de 3.000 personas en el Magariños, de 2.000 en el exterior, se montaron pantallas gigantes para una masa que resultó ser, en buena medida, la suma de militantes de otras formaciones y caras conocidas. El recuento de aquel arranque dejó una evidencia fría: había muchos famosos y pocos anónimos, pocos ciudadanos nuevos que hubieran sentido nacer allí un proyecto propio.

Hoy se cumplen tres años de aquel 2-A en Domingo de Ramos en el que Díaz proclamó "Quiero ser la primera presidenta de España". La cronología de los hechos descrita por los sucesos de esos años no otorga a Sumar un relato de consolidación: fue un artefacto nacido como paraguas para aglutinar lo que estaba a la izquierda del PSOE, una urgencia partitocrática más que una escuela de base. Del gran triunfo táctico —permitir reeditar una coalición tras el 23-J que benefició a Moncloa— al mapa real de hoy media un abismo: no hay estructura que sobreviva, ni una militancia visible y activa, ni un liderazgo que perviva más allá del nombre de su fundadora.

La trayectoria personal de Díaz, tal como la recuenta el propio pasado político, exhibe un patrón: éxitos tempranos seguidos de rupturas y vacíos. De sus orígenes en Juventudes Comunistas y la disputa en Galicia con Anxo Guerreiro, a la formación de Alternativa Galega de Esquerda con Xosé Manuel Beiras —que obtuvo 9 diputados—, hasta En Marea y su paso por Unidos Podemos con cinco escaños gallegos: todo eso, hoy, no existe en el Parlamento gallego. La historia reciente que trae el relato periodístico no alimenta sino que confirma la idea de proyectos de mecha corta, fulgurantes en el inicio y rematados por la nada como legado.

Sumar, además, ha vivido sus propias contiendas internas. Entre las pocas incorporaciones relevantes que aporta la fuerza figura Lara Hernández, cuya presencia y dimisión temporal marcaron episodios de salvación y pérdida dentro de IU; hoy co-coordinadora de Sumar, su figura ha sido objeto de maniobras para desplazarla en favor de otras líderes como Verónica Martínez. Batallas de supervivencia que se parecen demasiado a la tradición de altibajos que acompaña a Díaz desde sus primeros pasos en política.

No todo es condena sin matiz: no se puede ignorar la huella en lo laboral que dejó la etapa de Díaz como ministra de Trabajo; la recuperación de derechos y avances en cobertura legal para sindicatos, o las subidas del SMI, figuran en el balance como aportaciones reales y reconocibles. Pero la distinción entre capacidad de gestión desde el Gobierno y capacidad de construir una izquierda con arraigo estatal resulta hoy insalvable según los hechos: la marca Sumar, armada desde el Ejecutivo, no ha logrado captar a la juventud ni articular una estructura que sobreviva a la coyuntura.

El diagnóstico que emerge de los hechos es claro y austero: falta una izquierda con vocación y arraigo estatal. Las referencias actuales son, por el contrario, locales o autonómicas, dependientes de siglas territoriales. El BNG, Bildu, Chunta, Compromís o Adelante aparecen como realidades con capacidad de implantación regional; por contraste, Sumar no ha demostrado ser la marca capaz de aglutinar y renovar ese espacio a escala nacional.

Queda en el aire la pregunta que los hechos obligan a formular: ¿es posible refundar una alternativa de izquierda con estructura y militancia a partir de los modelos que la propia historia reciente ha mostrado efímeros? Los datos reunidos no dicen que la respuesta sea negativa por principio, pero sí que la vía escogida hasta ahora —artificio partidista desde arriba, llamamiento a cuadros y a rostros conocidos— no ha sido suficiente para transformar ilusión mediática en movimiento duradero. La izquierda que deja Yolanda Díaz, según los hechos, es una herencia hiperluminosa en el momento y escasamente tangible después.

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