La huida que duró décadas: la captura de un condenado que vivió una segunda vida
Detenido en Paraguay, Marcos Panissa estaba prófugo desde el asesinato de su exesposa en 1989

Redacción · Más España


Hubo un instante —según relató el ministro de la Senad, Jalil Rachid— en que el hombre miró a los agentes como si no oyera su propio nombre: “Se quedó paralizado”. Ese instante es el colapso de una impostura que durante más de dos décadas ocultó a un condenado por homicidio en Brasil bajo el rostro de José Carlos Vieira, un empresario discreto en San Lorenzo, a 15 kilómetros de Asunción.
No es una novela fantástica, sino un expediente: Marcos Campinha Panissa fue condenado por el asesinato brutal de su exesposa, Fernanda Estruzani, víctima de 72 puñaladas en un apartamento de Londrina, Paraná, el 6 de agosto de 1989. Tenía 23 años; ella, 21. Fue el hecho que estremeció a la ciudad y movilizó prensa y protestas. Él fue desde entonces, y durante décadas, la sombra que esquivó la cárcel.
Panissa llegó a ser juzgado dos veces con jurado, sometido a apelaciones y a nulidades procesales, hasta que, antes de un tercer juicio programado para 1995, desapareció. Su nombre pasó a la lista de buscados internacionalmente: una notificación roja de Interpol que, según la Policía Federal de Paraná, figuraba entre las más antiguas activas.
En 2008, con cambios en el Código de Procedimiento Penal que permiten juzgar en ausencia del acusado, fue condenado en rebeldía a 19 años de prisión. Nunca llegó a cumplir la pena: la vida que construyó en Paraguay —matrimonio, familia, negocios— estaba asentada sobre documentos falsos y una identidad prestada.
La captura se produjo el 15 de abril, cuando agentes de la Secretaría Nacional Antidrogas (Senad) abordaron a Panissa al salir de un establecimiento en San Lorenzo. La reacción del detenido, la expresión de asombro ante su propio nombre, fue registrada por las autoridades y citada por la crónica.
El fiscal general del Ministerio Público de Paraná, Francisco Zanicotti, resumió la tragedia con claridad: el asesinato nació de la incapacidad del agresor para aceptar el fin de la relación, “marcado por la idea de tratar a las mujeres como propiedad, como objetos”. Son palabras que recuerdan que detrás de procedimientos, notificaciones y documentos siempre hay víctimas y memoria pública.
La historia ilumina fallos y virtudes: la tenacidad de las autoridades brasileñas y la cooperación internacional mantuvieron activa una búsqueda que duró décadas; la impunidad se alimentó, a su vez, de irregularidades procesales iniciales y de la posibilidad real de ocultarse tras una nueva identidad. Cuando la impostura se quiebra, reaparecen los hechos tal como ocurrieron: un crimen, una condena, una familia que pagó el precio.
La captura no borra el daño ni devuelve a quienes fueron arrancados sus vidas, pero confirma algo elemental: la persistencia de la justicia y los mecanismos de cooperación internacional pueden, incluso tras largos años, encontrar al responsable. El “José Carlos Vieira” de San Lorenzo vuelve a ser, ante la ley, Marcos Panissa. Y la historia, por dura, exige que así sea reconocida.
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