La guerra que convierte la maternidad en negocio: Ucrania entre vientres y debates
Conflicto, necesidad y mercado entran en colisión en torno a la gestación subrogada

Redacción · Más España


La imagen es brutal en su simplicidad: una joven de 22 años, desplazada desde Bajmut, embarazada de un embrión que no es suyo, alojada por la clínica que la contrata y dispuesta a repetir la experiencia "tantos bebés como su cuerpo aguante" para comprar una vivienda. Karina Tarasenko no es un caso aislado; es el rostro humano de una economía de guerra que redefine la maternidad como puente hacia la supervivencia.
Antes de 2022, Ucrania era, según la documentación disponible, el segundo gran centro mundial de subrogación comercial. La invasión rusa quebró hogares, arruinó empleos y disparó la inflación; en ese hueco se han infiltrado clínicas y agencias que ofrecen salida económica a mujeres empobrecidas. El incentivo es duro de ignorar: contratos que prometen miles de dólares —la cifra citada ronda los 17.000 dólares que percepción final tras el parto, y hasta 21.000 en condiciones iniciales—, sumas que duplican el salario medio y que, en un país puesto en jaque por la guerra, pueden parecer remedio inmediato.
Frente a esa realidad mercantil, el Parlamento ucraniano estudia una reforma que endurecería la supervisión del sector e, de facto, cerraría la puerta a la mayoría de los futuros progenitores extranjeros —que representan el 95% de las demandas—. El proyecto cuenta con amplio respaldo parlamentario y aspira a poner límites a prácticas que críticos, como activistas por los derechos de las mujeres, describen como explotación de las más vulnerables mientras la natalidad general cae por el conflicto.
Las voces de denuncia no son mera retórica. Activistas muestran campañas publicitarias de clínicas que apelan directamente a la penuria: anuncios que presentan decisiones límite —leña o ropa para los hijos— o promociones que, en años anteriores, llegaban incluso a comparar la subrogación con ofertas comerciales de Black Friday. La mayor clínica citada en la cobertura, BioTexCom, ha sido objeto de críticas y de una investigación fiscal en 2018 que, según las autoridades, fue suspendida para facilitar la cooperación internacional. La clínica sostiene que opera dentro de la ley y niega categóricamente las acusaciones.
El paisaje es, por tanto, de contradicciones: un país golpeado que ofrece un mercado lucrativo a extranjeros, mujeres desesperadas que aceptan acuerdos contractuales que reducen pagos ante eventualidades médicas, y un Estado que ahora pretende regular para contener lo que muchos califican de mercantilización de la reproducción. También está el dato objetivo: los nacimientos por subrogación representan una porción pequeña del total de alumbramientos oficiales, pese a la visibilidad pública del fenómeno.
Queda la pregunta —retórica, necesaria— que atraviesa el debate: ¿cómo conjugar la protección de las mujeres más expuestas con la búsqueda legítima de soluciones económicas tras la devastación bélica? Prohibir, regular o permitir con controles: cada camino tiene consecuencias sobre vidas que ya cargan con el peso de la guerra. Y mientras el Parlamento discute, mujeres como Karina toman decisiones que surgen de la necesidad real, no de teorías cómodas.
Es imprescindible que la respuesta pública sea firme y transparente: no se trata sólo de cerrar un mercado internacional, sino de garantizar que la derrota de la guerra no se convierta en la victoria del comercio sobre los cuerpos y sobre la dignidad humana.
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