La guerra nace con la civilización: lecciones de la primera contienda escrita
Del control del agua a la escritura bélica: cómo Lagash y Umma dejaron constancia de la violencia organizada

Redacción · Más España


La historia no comienza sólo con el arado o la rueda: comienza también con la confrontación organizada. En la vasta región conocida como la Luna Creciente Fértil, cuna de la civilización, surgieron no solo las ciudades y la agricultura, sino también la necesidad de defender y apropiarse de recursos esenciales. Lo que hoy nos cuentan las tablillas sumerias es que la guerra apareció cuando la vida sedentaria hizo valiosos los tramos de río y los canales de riego.
Entre aproximadamente 2600 y 2350 a.C., dos ciudades-estado sumerias, Lagash y Umma, protagonizaron un conflicto sostenido por el control de la fértil franja fronteriza llamada Guedena. La disputa no fue una reyerta ocasional: implicó asedios, tropas organizadas, imposición de tributos y decisiones políticas que excedían el ámbito de una mera rencilla local. Cuando Umma ocupó Guedena, pasó a controlar el flujo de agua que sustentaba a Lagash; la tensión derivó en un fallo arbitral que, sin el consentimiento de Umma, sirvió solo para legitimar la guerra.
Que sepamos de aquella confrontación es, precisamente, gracias a la escritura. Los sumerios dejaron dieciocho inscripciones —tablillas de arcilla de los gobernantes de Lagash— que narran batallas, victorias y términos impuestos al vencido. La famosa Estela de los Buitres, datada alrededor de 2450 a.C., es ejemplo palpable de una memoria estatal que conmemora la victoria y la ordena en imágenes y texto. Como dijo John Keegan, la historia de la guerra comienza con la escritura: sin inscripción, la contienda permanece en el rumor; con ella, se institucionaliza el recuerdo y el prestigio.
No fue un conflicto aislado: con el tiempo, la contienda entre Lagash y Umma involucró a otros reinos de la región, incluyendo fuerzas del reino de Hamazi —hoy territorio que forma parte de Irán— y del reino de Uruk. Los motivos, por tanto, muestran un patrón elemental de la violencia política: territorios que significan agua y producción, intereses económicos y la consolidación del poder centralizado. Investigadores como John Baines e Ian Morris sitúan en ese mismo horizonte temporal la aparición de ejércitos mínimamente organizados y de gobiernos capaces de planificar asedios y batallas campales.
Extraer lecciones de esos lejanos episodios no implica anacronismo, sino reconocimiento. La guerra, nos enseñan las tablillas, no fue una excepción incidental: fue la respuesta organizada a la necesidad de controlar recursos vitales en sociedades que empezaban a llamarse a sí mismas civilizadas. Y la escritura, lejos de ser mero instrumento administrativo, se convirtió en la herramienta por la que los vencedores fijaron fronteras, exigieron tributos y legitimaron su orden. Aquella primera guerra escrita es, en definitiva, la primera prueba de que la política y la violencia caminaban ya de la mano cuando el hombre decidió asentarse.
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