La gran evasión que fue una advertencia: Segovia, túnel y fracaso del control
Hace medio siglo, 29 presos hollaron la impunidad a golpes de pala y engaño

Redacción · Más España


Hace cincuenta años, la cárcel de Segovia no solo fue escenario de una fuga: se convirtió en lección pública sobre la fragilidad de nuestras cárceles cuando la organización y el oportunismo encuentran resquicios.
Veintinueve reclusos lograron escapar por un túnel —la enorme obra por la que pasaron 24 miembros de ETA y cinco presos vinculados al FAC, al MIL y al PCE (i)—, aprovechando recursos humildes y cotidianos. La tierra excavada se introducía en cubos de lavandería verdes o rojos que paseaban por el patio; las sábanas y manteles se colgaban como cortinas que ocultaban la transferencia al sumidero. También usaron saquitos confeccionados con perneras de pantalón para camuflar el peso y burlar la vista de los funcionarios. Son imágenes que reafirman una verdad cruda: la determinación y la imaginación pueden más que los protocolos si estos no son exhaustivos.
No fue un golpe improvisado: hubo un primer intento fallido en septiembre de 1975 que sirvió de ensayo y dejó lecciones. Aquella tentativa, desbaratada en buena parte por la acción de un infiltrado —Mikel Lejarza—, permitió perfilar el plan definitivo. En el segundo intento ya exitoso, las cavadoras habían perforado desde un cuarto tapiado y habían cronometrado recorridos; habían hecho pasaportes y fotografías con la misma cazadora para uniformar la apariencia. La fuga no fue solo huida: fue ingeniería, logística y aprovechamiento de grietas en la vigilancia.
Entre los fugados hubo condenados por delitos graves, pero también «la mayoría» sin delitos de sangre, según el relato de los protagonistas, muchos de los cuales acabarían abandonando la lucha armada con la consolidación de la democracia. Algunos de los participantes —como Ángel Amigo— relataron después los detalles en libros y películas, dejando constancia de los procedimientos y del atrevimiento que exigía la operación bautizada como 'Pontxo'.
La historia deja, por tanto, dos exigencias inmediatas: recordar la necesidad de sistemas penitenciarios que no subestimen las capacidades de organización de los internos y reconocer que la seguridad es también cuestión de inteligencia y vigilancia interna, no solo de muros y candados. Cuando la rutina —servicios de lavandería, tendederos, sumideros— se convierte en herramienta, la amenaza surge de lo cotidiano.
No hay glorificación posible de la evasión ni apología de los objetivos políticos de ninguno de los implicados; hay, en cambio, la obligación de extraer enseñanzas operativas y preventivas. Si el pasado fue capaz de alumbrar un túnel de cientos de metros, el presente exige cerrar las rendijas administrativas y tecnológicas que lo hicieron posible.
Cincuenta años después, la fuga de Segovia sigue siendo un recordatorio incómodo: la seguridad penitenciaria no permite deslices, y la atención al detalle —desde el control de salidas al registro de materiales y movimientos— es la primera defensa contra la audacia organizativa de quienes buscan huir o utilizar el encierro como plataforma.
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