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La ética de las cartas: cuando el arrepentimiento omite lo esencial

Las cartas de presos de ETA privilegian el sufrimiento sobre el juicio moral de sus actos

Redacción Más España

Redacción · Más España

16 de abril de 2026 2 min de lectura
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La ética de las cartas: cuando el arrepentimiento omite lo esencial
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No es un detalle menor: las cartas de presos de ETA que se han difundido en la prensa cumplen con un guion preciso y repetido. Hablan del daño, muestran cercanía con las víctimas, expresan lamento y piden perdón por el sufrimiento causado. Presentan, en suma, un arrepentimiento afectivo que conmueve y que, según los criterios aplicados, les ha permitido acceder a beneficios penitenciarios.

Pero en ese mismo paquete de palabras emotivas hay una ausencia patente y deliberada: no hay juicio moral categórico sobre los actos terroristas que produjeron ese daño. No se dice, ni de forma explícita ni implícita, que aquello fuera malo en sí mismo, ni se aporta una revisión razonada de los fines, del contexto ideológico o de la justificación que condujo a la violencia. Esa doble faz —confesión del dolor sin examen de la conducta— convierte el arrepentimiento en una confesión parcial.

El periodista que firma la reflexión en El Mundo advierte con razón que esta «privatización» del daño encaja con la lógica de la justicia restaurativa que domina el tratamiento de los casos pendientes: lo que cuenta son las emociones, no el juicio. Y cuando la ley y la práctica aceptan que baste con el «agent-regret» —el lo lamento profundo— sin exigir la revisión de la justificación del acto, se está dejando intacta la narrativa que pudo legitimar la violencia.

No es menor, además, el contexto social que describe la crónica: en el País Vasco existe una comprensión social extendida que evita entrar en juicios de valor sobre el pasado inmediato y prefiere un reencuentro en torno a las emociones compartidas sobre sufrimiento y dolor. Ese marco hace más fácil que las cartas cumplan su función práctica —obtener beneficios penitenciarios— sin afrontar la pregunta esencial: si fuera posible el acto sin el daño, ¿lo habrían evitado?

Remitir el conflicto moral a la esfera de lo privado, circunscribir la culpa al intercambio personal entre victimarios y victimas y no someter los actos a una condena pública y conceptual, es una estrategia ética y política con consecuencias. No se trata de negar la autenticidad de ciertas expresiones de arrepentimiento; se trata de exigir coherencia intelectual y moral: reconocimiento del daño y juicio sobre la acción que lo causó.

Si queremos una memoria honesta y una rehabilitación verdadera, no bastan las cartas lacrimosas: hacen falta afirmaciones claras sobre la injusticia del terrorismo, explicaciones sobre las razones que lo validaron antes y su rechazo ahora, y un relato verosímil de transformación moral. Todo lo demás queda a medias y, en último término, nos deja con la sensación de que se ha llorado más por las consecuencias que por la naturaleza de los actos.

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