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La estética de la cochambre: democracia en vitrina y corrupción a la vista

Cuando los titulares brillan y los tribunales muestran la podredumbre, no vale mirar hacia otro lado

Redacción Más España

Redacción · Más España

10 de abril de 2026 3 min de lectura
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La estética de la cochambre: democracia en vitrina y corrupción a la vista
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El presidente celebra en X que España repite el puesto 22 en el índice de calidad democrática de The Economist y añade triunfalmente que, frente al ruido, están los datos de la ciencia. Es legítimo celebrar un indicador, pero ¿qué pesa más a la hora de calibrar la salud pública de una democracia: un ranking anual o la pulcritud de sus instituciones cuando investigan y juzgan a los poderosos?

En los juzgados se dirimen estos días causas que no son estéticas: el caso Kitchen y el proceso por la corrupción que afecta al ex número dos José Luis Ábalos. No son simples episodios mediáticos; son piezas que enseñan cómo se gestionaron recursos y responsabilidades. Las crónicas judiciales, que "rezuman cochambre" según la fuente, describen una trama con estética de puticlub y un hedor que obliga al contribuyente a mirar qué se hacía con su dinero. Eso no cabe en la celebración vacía de un tuit.

El propio presidente ha volcado en el foro público acusaciones sobre jueces y medios, sosteniendo que altos magistrados hacen política en su contra y que medios no afectos se alinean con bulos y ultras. The Economist, con su baremo frío, no entra en esas controversias de percepción: valora que las sentencias se dicten y se cumplan. Y en eso radica la diferencia entre propaganda y estado de derecho: que lo que se juzgue termine siendo consecuencia efectiva, no rumor ni reclamación retórica.

Peor aún: los juicios no solo sacan a la luz el uso torticero de cargos y favores, sino también asuntos que revientan cualquier relato de buena gestión. Se acusa, con pruebas que se investigan en sede penal, de cómo se hicieron negocios con las mascarillas cuando el Covid estaba matando a miles; y se cuestiona la atención y la cabeza de quienes debían velar por la seguridad de las vías y de los trenes. Cuando la corrupción ocupa el terreno donde debía imperar la protección y la vida, la grandilocuencia de un buen titular no repara el daño.

También resulta paradójico que mientras España aparece en el puesto 22 del informe, el presidente anuncie viajes y gestos internacionales hacia países que, en ese mismo ranking, ocupan puestos muy bajos: China, por ejemplo, figura en el puesto 142 y destaca por un uso extremo de la pena capital según el mismo informe citado. ¿No merece un país que presume de democracia plena una reflexión más seria sobre principios y coherencia internacional?

No se trata de negar logros administrativos: algunos indicadores mejoran y eso debe reconocerse. Pero la democracia no es solo estadística; es transparencia en los procedimientos, ejemplaridad de las élites y confianza en que la justicia no queda reducida a un acto ritual. Si los tribunales ponen en el banquillo a quienes fueron poderosos, la sociedad tiene derecho a exigir que las investigaciones lleguen hasta el fondo y que las responsabilidades políticas y penales no se conviertan en anécdota de temporada.

Celebrar un puesto en un ranking mientras se respira la cochambre de tramas que implican dinero público, vidas en riesgo y negligencias en infraestructuras es un solapamiento inaceptable. La estética de la alfombra no puede ocultar la suciedad de los sótanos. Y si la democracia ha de defenderse, no será solo con tuits, sino con instituciones que no teman mirar y castigar con independencia, aunque la limpieza deje al descubierto rostros incómodos.

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