La escuela en la encrucijada: entre la promesa tecnológica y la obligación de enseñar
El debate público se centra en la IA, pero subyacen déficits estructurales que exigen respuesta urgente

Redacción · Más España


La segunda edición del Gran Debate sobre la Educación en España, organizada por EL MUNDO, ha dejado sobre la mesa una constatación incómoda: la tecnología ocupa el centro del escenario mediático, pero la educación pública tiene fracturas que no se resolverán sólo con algoritmos.
Que la inteligencia artificial monopolizara buena parte de la jornada no sorprende; vivimos tiempos de fascinación técnica. Pero conviene preguntar con voz alta y clara: ¿convertiremos las aulas en vitrinas de novedad o en lugares de transmisión efectiva del conocimiento? Gregorio Luri, filósofo y pedagogo, fue tajante al recordar que «lo nuevo» no es sinónimo automático de progreso. La advertencia es luminosa: más atención a la innovación no puede tapar el declive en lo esencial —lengua y matemáticas— ni la reversión del efecto Flynn, ese retroceso en capacidades que no admite anestesia retórica.
Los datos que Luri puso en la palestra son tozudos. El informe PISA señala que el 28% de los alumnos españoles se sitúa en los niveles más bajos, incapaces de trabajar con conceptos abstractos. Si aceptar que todo lo que supere el 8% o el 10% de fracaso tiene una clave pedagógica es incómodo, resulta imprescindible. ¿Qué sentido tiene celebrar la modernidad tecnológica mientras buena parte del alumnado no alcanza las herramientas mínimas del pensamiento? ¿Qué patriotismo educativo cabe si la equidad se reduce a quien puede pagar la ayuda que la escuela no ofrece?
La otra gran herida que atraviesa la jornada es la profesión docente. Luri advirtió sobre la crisis del magisterio, cuya atractividad se erosiona, y apuntó consecuencias prácticas: dificultad para cubrir plazas y pérdida de prestigio. No son fantasmas retóricos: son síntomas de un sistema que no cuida a quienes educan, y sin docentes fuertes no hay renovación posible, ni con IA ni sin ella.
También son necesarias lecturas críticas de modelos exportados como recetas inmutables. Finlandia dejó de ser la panacea y sus cambios demuestran que la traslación acrítica de experiencias foráneas puede engañar. Andreas Schleicher, director de PISA, subrayó la deriva preocupante: estudiantes consumidores y profesores proveedores de servicio. Esa transformación mercantiliza la escuela y disuelve su función republicana: forjar una cultura común que sostenga la cohesión ciudadana.
Luri reclamó, con razón, la enseñanza explícita —contenidos organizados, guiados, exigentes— y la revalorización del juego y el ejercicio físico frente a la sobreprotección. También alertó contra la psicologización excesiva que prioriza elogios inmerecidos sobre el conocimiento compartido. Son recetas sencillas en su núcleo y radicales en su aplicación: exigir rigor, incentivar la formación del profesorado, y devolver a la escuela su nobleza pedagógica.
El Gran Debate no fue sólo discusiones; fue también reconocimiento. EL MUNDO entregó un galardón a los 100 mejores colegios de España, un gesto que mantiene el foco en la excelencia escolar y en modelos que funcionan en el terreno. Junto a ello, la participación de universidades como la Europea, Camilo José Cela y Alfonso X el Sabio, y entidades colaboradoras como SM y la Xunta de Galicia, mostró que el diálogo es plural, pero debe traducirse en políticas concretas.
Frente al brillo tecnológico y al lógico interés por la IA, la lección es clara: la innovación no sustituye a la instrucción. No basta con incorporar herramientas; hay que consolidar contenidos, formar y dignificar a los docentes, y recuperar una cultura compartida que permita a los ciudadanos pensar juntos. Si la escuela es el ascensor social, como recordó la redactora Olga Rodríguez Sanmartín, no podemos permitir que ese elevador funcione a medias o sólo para quien pueda pagarlo.
La encrucijada reclama decisiones patrióticas: defender la continuidad de lo que funciona, exigir cambios donde el sistema falla, y no permitir que la fascinación tecnológica nos distraiga de lo esencial. Porque la verdadera riqueza de una sociedad no está en sus servidores ni en sus algoritmos; está en la capacidad de sus ciudadanos para pensar, dialogar y construir un futuro común. Ese es, y debe ser, el núcleo de cualquier reforma educativa.
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