La epidemia de ruido: del mitin a la mendacidad
Cuando la política se contamina de espectáculo y la verdad queda en cuarentena

Redacción · Más España


Dos de cada 17 presidentes autonómicos dicen tonterías, mienten y lo hacen con contumacia. No lo digo yo: lo resume, con la mordiente de un estudio que se presenta como urgente, la propia constatación de una conducta repetida y obstinada.
Fernando Clavijo e Isabel Díaz Ayuso protagonizan esa persistencia en el error: mantienen postulados contra toda evidencia, como si hubieran cambiado el atril por el camerino de un artista. Y aquí vuelve la comparación que pica: Miguel Bosé, con sus devaneos conspirativos, no es un político, pero sirve de espejo para entender el esperpento cuando la fe en la fantasía sustituye a la responsabilidad pública.
La diferencia es sustancial: Bosé puede redimirse volviendo a su oficio, pero Clavijo y Ayuso ocupan despachos de poder donde la mentira no es folclore, es daño. Y cuando la mentira se instala en quienes gobiernan, la política deja de ser administración del interés general y se convierte en espectáculo calculado.
El vector que ha ampliado ese contagio tiene nombre propio: Donald Trump. Su capacidad para acomodar la realidad a sus delirios ha rebajado la exigencia mínima de veracidad que cabe esperar de un gobernante y ha tensado la racionalidad de una parte de su electorado. Esa influencia se replica en gestos y poses: incluso escenarios como el Air Force One sirven hoy para exhibiciones que borran la línea entre lo institucional y la representación de la impunidad.
La imitación no ha tardado en aparecer. Ayuso viaja a otros países con el tono agresivo de los imitadores de la nueva escuela populista y, en un alarde de hipergesticulación, llegó a asegurar que “México no existió hasta que llegaron los españoles”, sin reparar en otra afirmación tajante que también figura en el análisis: México empezó a existir como nación precisamente cuando se fueron los españoles. La verdad, en ese numerito, dejó de ser protagonista; lo que importa es la antipatía sin complejos, el escándalo y el victimismo como estrategia.
Queda la pregunta inquietante: ¿hasta dónde llegará esta epidemia de mentiras y tonterías que se filtra desde la cúspide hasta la plaza pública? No hay respuesta cerrada en los hechos, pero sí una añoranza tangible por tiempos más prosaicos del populismo, cuando quedaba en algo tan leve como regalar anchoas. Hoy el contagio afecta a quienes manejan el poder y, por eso, el daño es de mayor calado.
Política y espectáculo se confunden; la verdad, en cambio, no admite bifurcaciones. Recuperarla es una exigencia elemental de la vida pública, no un capricho académico. Mientras tanto, asistimos a la pantomima con la paciencia agotada de quien no cree que la democracia deba ser compatible con la impostura.
También te puede interesar
Los manglares remontan: la naturaleza responde cuando el hombre deja de talar
Tras años de pérdida masiva, los manglares muestran una recuperación global desde 2010 gracias a protección legal, concienciación y su extraordinaria capacidad de regeneración.
EE.UU.Choque abierto: Estados Unidos e Irán revientan el frágil alto el fuego
Centcom habla de 'ataques defensivos'; Teherán proclama el cierre del estrecho de Ormuz y anuncia misiles. La retórica de Trump y las respuestas iraníes han encendido otra vez el fuego en Medio Oriente.
EE.UU.Un Mundial dividido: cuando la política de Trump entra al estadio
Lejos de ser solo fiesta deportiva, el Mundial 2026 trae tensiones abiertas: la intervención del presidente Trump en el debate sobre Irán y las restricciones de entrada a EE. UU. han politizado el torneo.