La corrección elegante de la impunidad: mascarillas, favores y savoir faire en el Supremo
Isabel Pardo de Vera se presenta como institucionalista mientras la investigación apunta a una madeja de influencias

Redacción · Más España


La vista en el Tribunal Supremo dejó una estampa que cuesta descontar: no solo se enjuicia conducta, sino también apariencia. Isabel Pardo de Vera compareció como quien sabe moverse en los salones de la administración: chaqueta blanca, tacones discretos, acento gallego y una declaración que se repite como un mantra: "solo cumplí órdenes ateniéndome a la ley".
Esa réplica formal y medida colisiona con el paisaje que describen las diligencias. Aparecen nombres y gestos que no encajan con la coartada de la pura rutina administrativa: Koldo García, transmisor del ministro; Víctor de Aldama, presencia constante en los pasillos del Ministerio; las mascarillas adjudicadas a Soluciones de Gestión; la joven Jésica cuyo currículum fue movido y que, según la instrucción, conecta vida sentimental y contrato público.
La UCO y la Guardia Civil han trazado una película con personajes que entran y salen del Ministerio "como gato por su casa" y que estacionan en el aparcamiento de autoridades. Frente a eso, la declaración de Pardo de Vera desliza cercanías con Ábalos —"respeto y confianza profesional"— y una llamada posterior a quien la UCO sitúa como presunto cabecilla de la organización, recomendándole buscar abogado: un gesto que el proceso no omite, y que abrió interrogantes en la sala.
La testigo se defendió con savoir faire y dejó reproches suaves: un Koldo "singular", un Aldama "afable"; una relación entre la esfera pública y lo privado que le produjo "desasosiego". Pero "desasosiego" no es explicación jurídica; ni la cortesía, ni el estilo, ni la sorpresa de haber descubierto que la "más bella Santa Teresa de Calcuta" de Adif vivía otra realidad, borran las conexiones que investiga la instrucción.
También compareció la versión del guardia civil José Luis Rodríguez, que contradice la sensación de que el paso de comisionistas por el Ministerio se interrumpió. En su testimonio, Aldama siguió entrando y saliendo, incluso aparcando en el estacionamiento reservado hasta la salida del ministro del Gobierno. Es decir: los ecos de rutina institucional no se ven apoyados por la práctica diaria.
Queda para la Justicia decidir responsabilidades. Lo cierto, y ello es incuestionable en las piezas que se han hecho públicas, es que hay una trama de relaciones y comportamientos que no se resuelve con exquisitas maneras ni con la afirmación de haber cumplido órdenes. La estética no es eximente; la cordialidad no disuelve la sospecha. Y en eso consiste esta vista: en confrontar la apariencia con los hechos, y en exigir que la ley no se doblegue ante las formas.
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