La corona en Roma: una audiencia que refrenda historia y responsabilidad
Felipe VI recibe el encargo ceremonial y España vuelve a estrechar lazos con el Papa antes de su viaje a nuestro país

Redacción · Más España


La agenda oficial no deja lugar a equívocos: el próximo viernes 20 de marzo Felipe VI y la Reina Letizia serán recibidos en audiencia por el Papa León XIV. Es una cita que lleva en su seno la doble naturaleza de lo ceremonial y lo histórico. Tras ese encuentro, el Rey asumirá la posesión como protocanónigo honorario de la Basílica de Santa María la Mayor, una tradición de siglos reservada a la monarquía española.
No hablamos de ocurrencias recientes ni de gestos aislados. La Basílica de Santa María la Mayor está entre las cuatro basílicas papales —junto a San Pedro, San Juan de Letrán y San Pablo Extramuros— y guarda, además, una vinculación palpable con la reciente historia eclesiástica: en ella está enterrado el papa Francisco. Que el monarca español reciba tal título es la continuidad de un vínculo entre corona y sede apostólica que no se improvisa.
La visita de los Reyes precede, a su vez, a la que realizará León XIV a España entre los próximos 6 y 12 de junio, con etapas anunciadas en Madrid, Barcelona y Canarias. Ese intercambio de hospitalidad —la del Papa en España y la de los Reyes en Roma— es síntoma de una diplomacia basada en el respeto de las instituciones y en la preservación de las formas que sostienen la memoria común.
No es la primera vez. Felipe VI y doña Letizia saludaron a León XIV el 18 de mayo del año pasado en la Basílica de San Pedro, tras la misa de inicio de su pontificado; y han estado junto al papa Francisco en momentos solemnes: acudieron a despedirle en la Plaza de San Pedro el 26 de abril de 2025 tras el multitudinario funeral, y le recibieron once años antes, en 2014, en su primer viaje oficial al extranjero. Incluso en 2013, todavía como Príncipes de Asturias, asistieron a la misa de inicio del pontificado de Francisco. Son encuentros que componen una secuencia de deber y presencia pública.
La historia misma aporta matices: en el reinado de Felipe IV se concedió el privilegio a los jefes de Estado españoles de ser protocanónigo mayor; una prerrogativa que actualiza hoy la Corona y que demuestra que las formas tienen continuidad y peso. No se trata de simples protocolos ornamentales, sino de signos que encierran relaciones internacionales, culturales y espirituales.
En un tiempo en que las palabras públicas tantas veces se vacían de tradición o se precipitan en la improvisación, la visita de los Reyes al Vaticano y la próxima del Papa a España devuelven a la política exterior un compás de respeto y decoro. La monarquía, en su papel institucional, asume la representación de la nación en lugares donde la historia reclama presencia y memoria. Ese es el deber: preservar la continuidad de lo que nos identifica sin teatralizar lo que es representación serena y digna.
Que estos encuentros se celebren con naturalidad protocolaria y sin estridencias es también un recordatorio: la política de Estado encuentra en la delicadeza de sus gestos la fuerza de su autoridad. La Corona cumple, el Vaticano recibe y España se sitúa, una vez más, en el cruce de lo histórico y lo contemporáneo.
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