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La biblioteca que no recuerda a la supuesta lectora de trenes

El relato de formación de Claudia Montes choca con la memoria de la Biblioteca Ramón Pérez de Ayala

Redacción Más España

Redacción · Más España

11 de abril de 2026 2 min de lectura
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La biblioteca que no recuerda a la supuesta lectora de trenes
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En el banquete de las portadas y los memes, hay un comensal que reclama platos de rigor: los hechos. Claudia Montes —Miss Asturias 2017, ex amiga virtual de José Luis Ábalos y con destino en la filial pública Logirail— declaró ante el Tribunal Supremo que nunca fue "enchufada" y que su jornada laboral incluía acudir a "la biblioteca de Oviedo" para instruirse sobre ferrocarril entre diciembre de 2019 y febrero de 2022.

Esa afirmación tiene una traza concreta: madrugar a las cuatro o cinco de la mañana, desayunar, dejar un 'story' en redes y entregarse a la lectura en la biblioteca más próxima a su trabajo. Pero la memoria cotidiana de la Biblioteca Ramón Pérez de Ayala no corrobora el relato. Varios trabajadores que estaban en plantilla entonces, y otros destinados hoy en otras sedes, aseguran no recordar a Montes. "No la hemos visto en la vida", resumen, y explican que la presencia diaria de usuarios suele quedar registrada en la memoria del personal.

El espacio que ha quedado convertido en decorado involuntario del juicio ofrece, además, escasa materia prima para la versión de una "voracidad lectora" ferroviaria. En la estantería señalada —sección 629.4 Trenes— el fondo libre cuenta con siete títulos, con fechas de publicación entre 1992 y 2012, ninguno especialmente técnico ni de gran extensión. A esos volúmenes se suman dos títulos más técnicos que requieren autorización para su consulta. El católogo, cierto, arroja más de 400 resultados si se busca la palabra "trenes", pero los trabajadores explican que el buscador incluye cualquier mención, desde novelas hasta literatura infantil.

Frente a la descripción de una formación sostenida y técnica, el inventario bibliográfico de la sala es escueto y sin actualización reciente; frente a la certeza de una usuaria habitual, los testimonios del personal son de desconocimiento. Desde la biblioteca cuentan que los teléfonos no han dejado de vibrar desde que saltó el caso: enlaces, capturas y mensajes han transformado al centro en protagonista involuntario. El director, Juan Miguel Menéndez Llana, es hasta ahora el único que ha hablado con nombre y apellidos y se ha negado a valorar públicamente los hechos.

Queda, en definitiva, una disonancia entre la versión judicial de una rutina de formación y la constatación presencial y documental de la sala. Si la Justicia lo solicita, los trabajadores —según la cobertura y las declaraciones— facilitarán la información disponible. Esa petición oficial será la vía adecuada para despejar la contradicción: o la memoria de una ciudad y el catálogo de una biblioteca confirman la narrativa, o la historia habrá quedado reducida a la estampa mediática y a la anécdota de una sección con siete libros.

La verdad procesal exige pruebas y comparecencias; la memoria pública exige coherencia. Entre ambas, la Biblioteca Ramón Pérez de Ayala ha colocado, por ahora, un silencio notable y unos estantes que hablan con datos: pocos volúmenes y muchos interrogantes.

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