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La bahía en peligro: las ballenas grises nos reclaman cuentas

Un fenómeno abrupto que interpela nuestra responsabilidad sobre el mar y su vida

Redacción Más España

Redacción · Más España

30 de abril de 2026 2 min de lectura
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La bahía en peligro: las ballenas grises nos reclaman cuentas
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La vista del gigante marino varado o muerto en una bahía famosa por su puente y sus transbordadores no es sólo una imagen trágica: es un aviso serio. Desde 2018 estas ballenas grises —que realizan la mayor migración de cualquier mamífero, entre 15.000 y 20.000 km— han empezado a detenerse en la bahía de San Francisco, un estuario de 4.140 km² que hasta entonces eludían en su paso hacia Baja California y el Ártico.

Lo que primero pareció una curiosidad se transforma en alarma: 21 ballenas grises murieron en 2025 en la bahía y, en lo que va del año, se han contabilizado siete más. Investigadores han examinado cientos de fotografías y cadáveres desde 2018 y describen "una tasa de mortalidad muy preocupante". No se trata de una anécdota dispersa: el fenómeno se advierte también en Washington y Oregón, según expertos consultados.

¿Por qué esta presencia inesperada y letal? Los datos no mienten: muchas de las ballenas que aparecen son machos adultos y juveniles, notablemente delgadas. Científicos señalan que la falta de reservas energéticas —posible consecuencia de años de disminución de sus presas en el Ártico— podría empujarlas a buscar alimento en la bahía. Pero la inanición no parece ser la única causa de muerte: casi una quinta parte de las ballenas que ingresaron a la bahía han muerto allí, y con frecuencia el agente letal ha sido el choque con embarcaciones, según el estudio publicado en Frontiers in Marine Science por Josephine Slaathaug y colegas.

La bahía ofrece una oportunidad singular para estudiar cómo el cambio climático y la alteración de recursos afectan las rutas migratorias. Los científicos han iniciado necropsias y análisis que, además del dolor, arrojan enseñanza: empezar a ver varamientos antes de la época habitual —dos ya en enero cuando el pico suele ser en abril—, y detectar un número anormalmente bajo de crías, son señales de que la población puede no estar recuperándose como en décadas anteriores.

Todo esto plantea preguntas políticas y operativas: ¿cómo hacemos nuestras aguas más seguras para estas especies? Los investigadores insisten en que hay mucho por aprender y por aplicar. No es momento de mirar para otro lado. Las ballenas, como indicadores de la salud marina, nos están mostrando cambios que exigen respuesta coordinada: investigación, medidas de navegación, y políticas que situen la protección de nuestros ecosistemas marinos entre las prioridades públicas.

Ver una ballena muerta en la bahía no debe quedarse en la pena individual; debe convertirse en impulso colectivo. Si no reaccionamos al aviso que nos trae el mar, lo que hoy son varamientos podrá ser mañana síntoma de pérdidas irreversibles. La ciencia dispone ya de datos y necropsias; la decisión política y social debe venir detrás con la misma urgencia.

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